—¿Vendrá su esposo?
Miré la puerta.
—No.
A las siete llamé a mi hija Sofía, que vivía en San Luis Potosí.
A las ocho hice una segunda llamada.
No fue a Raúl.
Llamé a Lucía Herrera, la abogada que había administrado la herencia de mi padre desde que él murió nueve años antes.
—Necesito cambiar mis poderes médicos y financieros —le dije.
Lucía se quedó callada.
—¿Porque estás enojada con Raúl o porque ya no confías en que tome decisiones pensando en ti?
Miré mi muñeca inmovilizada.
—Lo segundo.
—Entonces no firmes nada hasta que llegue.
Antes de colgar, preguntó algo que me heló más que el accidente.
—Adriana… los documentos que Raúl te llevó hace unas semanas, los del negocio de Rodrigo. ¿Los firmaste?
Rodrigo era su hijo de su primer matrimonio.
—No. Le dije que tú los revisarías.
Lucía tardó varios segundos en responder.
—Bien. No aceptes nada relacionado con el inmueble de la colonia Del Valle.
Me incorporé pese al dolor.
Era el dúplex que mi padre me había dejado.
—Lucía, ¿qué está pasando?
—Todavía no lo sé.
A las once llegó al hospital con su computadora. Buscó durante casi una hora y finalmente giró la pantalla hacia mí.
Mi nombre aparecía en un paquete de financiamiento privado.
Debajo estaba mi firma.
Una firma que se parecía a la mía.
Pero no era mía.
Y junto a ella, como garantía de la deuda, aparecía el edificio que mi padre había trabajado veintiséis años para pagar.
No podía creer lo que estaba viendo… y todavía no sabía quién había firmado por mí.
PARTE 2
Lucía no dramatizó. Eso era una de las razones por las que confiaba en ella.
—Todavía no han inscrito ninguna hipoteca —me explicó—. El inmueble sigue siendo tuyo. Pero el prestamista recibió documentos donde aparentemente autorizas usarlo como respaldo para el negocio de Rodrigo.
