Sofía dio entonces un paso al frente.
No habíamos acordado exactamente qué diría.
Mi hermana llevaba toda la vida siendo buena para las fiestas, las fotografías y las conversaciones fáciles.
Aquella mañana tendría que hacer algo mucho más difícil.
Decir la verdad cuando la verdad la perjudicaba también a ella.
Sacó el original.
Lo colocó junto a la copia.
—Este no es una impresión.
Mi padre la miró como si no la reconociera.
—Sofía.
—Lo guardé desde 2016.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Por primera vez creo que sí.
Mi hermana tomó el micrófono.
Le temblaban las manos.
—Yo sabía que mi papá estaba intentando negociar las recetas de mi abuela. Tenía diecinueve años. Fui con él a una reunión.
Mi madre la interrumpió.
—¡Sofía, cállate!
Mi hermana cerró los ojos un segundo.
Después continuó.
—Me callé porque era cómodo. Porque yo era la favorita y nunca quería perder ese lugar.
Miró hacia Carmen.
—Abuela, te fallé.
Mi abuela no respondió inmediatamente.
Sofía empezó a llorar.
No con dramatismo.
Con vergüenza.
—Karina era quien venía cuando necesitabas algo. Yo aparecía cuando había cumpleaños, fotos o regalos. Y aun sabiendo lo que papá había intentado hacer, preferí convencerme de que no era asunto mío.
Se volvió hacia nuestro padre.
—Pero era asunto mío. Era nuestra abuela.
Dennis dejó el micrófono sobre el mostrador.
—Esto es absurdo.
Miró al representante de Sabores de México.
—No pueden considerar válidos documentos obtenidos de esta manera.
El abogado que había acompañado el proceso respondió desde una mesa:
—El acuerdo con la señora Carmen ya fue revisado legalmente. Esto no cambia su validez.
Mi padre parecía buscar otra salida.
—Entonces hablaremos con nuestros abogados.
