—¿Y por qué no me llamaste?
—Porque siempre has ayudado a tu hermana.
Pensé que sería lo mismo.
Sentí un frío en el estómago.
—¿Vender una propiedad de millones de pesos sin preguntarme te parecía lo mismo que ayudarla?
Mi mamá intervino:
—Mariana, tampoco exageres.
El dinero iba a utilizarse para que Patricia pudiera comprar algo más pequeño y pagar sus deudas.
Me quedé inmóvil.
—¿Ustedes también sabían para qué querían venderla?
Mi mamá apretó los labios.
Patricia golpeó la mesa con la palma.
—¡Tú tienes dinero! ¡Nosotros no! ¡No necesitas esa casa!
Gabriela le pidió que bajara la voz.
Yo no podía dejar de mirarla.
—Entonces, ¿pensabas venderla, quedarte con el dinero y que yo siguiera pagando la hipoteca?
Patricia no respondió.
Mi padre se pasó una mano por la frente.
Finalmente admitió que había acompañado a Patricia para respaldar su historia ante la inmobiliaria, aunque insistió en que no había firmado por mí ni preparado la autorización falsa.
Gabriela dejó constancia de sus manifestaciones y aclaró que la responsabilidad de cada persona tendría que determinarla la autoridad.
Mi mamá entonces dijo:
—Todo esto se habría evitado si hubieras seguido ayudando sin hacer tanto escándalo.
La miré.
Durante toda mi vida había esperado escuchar de ella una sola frase:
“Perdóname, hija”.
Pero incluso ahora, después de descubrir lo que habían intentado hacer, seguía pensando que el problema era mi negativa a obedecer.
—Mamá, llevo 5 años pagando una casa donde mi propia hija no puede sentarse a cenar sin que la humillen.
—Son cosas de niños.
—No.
Los niños aprenden de los adultos.
Valeria aprendió a burlarse porque ustedes le enseñaron que Lucía no merecía respeto.
Patricia hizo un gesto de desprecio.
—Siempre fuiste diferente.
Desde niña necesitabas sentirte superior porque sacabas buenas calificaciones.
—Nunca quise ser superior a nadie.
Quería que dejaran de hacerme sentir inferior.
Entonces mi papá murmuró:
—Tu hermana tiene problemas, Mariana.
Tú siempre has podido resolver los tuyos.
