El documento incluía fotografías de todas las habitaciones y una supuesta autorización firmada por mí.
—Andrés, ven a ver esto.
Mi esposo acercó su silla.
Revisamos el archivo completo.
La firma se parecía a la mía, pero tenía detalles que jamás habría cometido.
Además, el número de identificación que aparecía junto a ella estaba incompleto.
Llamé a la inmobiliaria a la mañana siguiente.
Una asesora llamada Claudia confirmó que Patricia había solicitado información para vender la propiedad meses atrás.
—Nos comentó que usted era su hermana y que estaba de acuerdo con la operación.
—Yo no he autorizado absolutamente nada.
Hubo un silencio.
—Entonces debemos detener cualquier gestión y revisar la documentación.
Claudia explicó que la propuesta nunca había pasado a una operación formal porque faltaban documentos originales y verificaciones notariales.
Me envió por correo el expediente que conservaban y confirmó que no existía contrato de compraventa.
Aun así, mi hermana había intentado vender una casa que no era suya.
Aquello dejó de ser solamente un problema familiar.
Esa misma tarde consulté a una abogada, la licenciada Gabriela Ríos.
Llevé la escritura, el contrato de comodato vigente, las transferencias de la hipoteca y el documento de la inmobiliaria.
Gabriela fue clara:
—La propiedad es tuya, Mariana.
Pero no puedes sacar a tu hermana por tu cuenta, cambiar las cerraduras ni retirar sus pertenencias.
Debemos seguir el procedimiento legal.
Me explicó que el último contrato estaba próximo a vencer.
Lo adecuado sería notificar formalmente que no habría renovación, exigir la devolución del inmueble en el plazo correspondiente y, si se negaban, iniciar el procedimiento civil.
Respecto a la firma, recomendó conservar todos los archivos originales y presentar una denuncia ante la Fiscalía para que investigaran su posible falsificación y uso indebido.
Seguí sus indicaciones.
Patricia recibió una notificación formal el 29 de diciembre.
Tenía 30 días para entregar voluntariamente la casa, conforme al plazo que establecimos al comunicarle la terminación del préstamo.
3 días después, mi teléfono comenzó a sonar.
—¡Estás completamente loca! —gritó Patricia—. ¡Nos quieres dejar en la calle por una broma de niños!
—No es por una broma, Patricia.
—¡Valeria también tiene 11 años! ¡No puedes castigarla por algo que dijo!
—No estoy castigando a Valeria.
Estoy dejando de mantener a una familia que no respeta a la mía.
Patricia soltó una carcajada amarga.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Vender mi casa?
—Tu casa nunca ha sido tuya.
—¡Llevamos 5 años viviendo aquí!
—Y durante esos 5 años yo he pagado la hipoteca.
Colgó.
Esa noche llamó mi mamá.
Primero habló con dulzura.
Me pidió que pensara en Valeria, que no destruyera la familia y que recordara cuántas veces Patricia me había acompañado cuando éramos niñas.
Cuando le mencioné el documento de la inmobiliaria, su voz cambió.
—Eso seguramente fue un malentendido.
—Mamá, alguien puso mi firma en una autorización de venta.
—No sabes si Patricia lo hizo.
