La casa estaba escriturada a mi nombre.
Y yo pagaba absolutamente toda la hipoteca.
Me llamo Mariana, tengo 39 años y vivo en Querétaro.
Soy ingeniera de software y trabajo como directora de desarrollo tecnológico para una empresa internacional.
Andrés también trabaja en tecnología.
Nos conocimos cuando ambos estudiábamos la universidad y llevamos 13 años casados.
Nunca hemos sido personas ostentosas.
Tenemos una casa cómoda, un coche familiar y suficientes ahorros para vivir sin preocupaciones mayores.
Pero mi familia siempre encontró la manera de hacerme sentir inferior.
De niña me decían la lechuza porque usaba lentes gruesos y prefería los libros a las fiestas.
Mi hermano Ricardo se burlaba de mí cada vez que hablaba de computadoras.
—Cállense, que va a hablar la enciclopedia.
Patricia, 3 años menor que yo, era la consentida.
Bonita, sociable, siempre rodeada de amigas.
Cuando ella sacaba un 8 en la escuela, mis papás la felicitaban.
Cuando yo obtenía un 10, me preguntaban por qué no ayudaba más con las labores de la casa.
Si protestaba, mi mamá repetía:
—Mariana, no seas tan sensible.
Tienes que aprender a aguantar las bromas.
Aprendí.
Aprendí a cocinar mientras los demás descansaban, a prestar dinero sin preguntar cuándo me lo devolverían y a guardar silencio para que nadie se molestara conmigo.
Hace 5 años, Patricia llegó llorando a mi casa.
Su esposo, Fabián, llevaba meses sin trabajo estable.
Ella había fracasado con 2 negocios y acumulaba deudas.
Estaban a punto de perder el departamento que rentaban.
—Solo necesito ayuda para conseguir una casa, hermana.
Por Valeria.
No quiero que mi hija crezca mudándose de un lugar a otro.
Me pidió dinero para el enganche.
Pero cuando revisamos sus finanzas, descubrimos que ningún banco le aprobaría un crédito hipotecario.
Entonces cometí lo que hoy considero mi error más costoso.
Compré una casa de 3,400,000 pesos a mi nombre y permití que Patricia, Fabián y Valeria vivieran allí mientras se recuperaban económicamente.
Firmamos un contrato de comodato por 12 meses, que después fuimos renovando por escrito.
No les cobré renta.
Ellos solo pagarían agua, luz y gas.
Yo seguiría cubriendo la hipoteca, el predial y el seguro.
Pensé que sería algo temporal.
