El día que cobró su sueldo, mi prometido me pidió que comprara salmón caro para cenar, aunque llevaba dos meses sin darme dinero. “Tú querías ahorrar viviendo juntos. Mi sueldo está con mamá y el tuyo alcanza para comer”, me dijo. En lugar de comprarle pescado, preparé un solo plato. Esa noche descubrí por qué su madre necesitaba tanto aquel dinero.
—Daniel, ya se terminó mi dinero para los gastos. ¿Cuándo vas a dar tu parte?
Se incorporó lentamente.
—No puedo darte nada.
—¿Cómo que nada? Te pagaron el lunes.
Entonces sonrió, orgulloso de sí mismo.
—Claro que me pagaron. Pero transferí todo mi sueldo a la cuenta de ahorro de mi mamá. Así juntamos más rápido para nuestra casa.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Y con qué dinero estamos viviendo?
Daniel se encogió de hombros.
—Pues con el tuyo, Mariana. Tú compras la comida y pagas la renta. Yo ahorro lo mío. ¡Somos un equipo!
Todavía no sabía que aquel supuesto ahorro escondía algo mucho peor.
PARTE 2
—¿Un equipo? —repetí, intentando controlar la voz—. Entonces explícame por qué yo estoy pagando absolutamente todo mientras tú tienes dinero para comprarte tenis, ropa y aparatos nuevos.
Daniel puso los ojos en blanco.
—No empieces a exagerar. Mi mamá tiene una cuenta que genera mejores intereses. Estamos construyendo nuestro patrimonio.
—¿Y si mañana necesito dinero para una emergencia?
—Pues sacas de tus ahorros. Después recuperamos todo.
Aquella respuesta me dolió más de lo que esperaba.
Yo llevaba cuatro años trabajando entre flores, espinas y cubetas de agua helada. Había renunciado a vacaciones, cenas y pequeños gustos para juntar el enganche de una casa.
Y ese hombre pretendía usar mi esfuerzo para mantener su comodidad.
Saqué una libreta y le mostré nuestros gastos.
—Pagamos doce mil quinientos de renta, casi dos mil de servicios y por lo menos seis mil de comida. Si vamos a vivir juntos, tenemos que aportar los dos.
—¿Ahora vas a cobrarme por vivir contigo?
—No. Voy a pedirte que te comportes como un adulto.
Le propuse abrir una cuenta para nuestros ahorros, donde ambos pudiéramos consultar los movimientos. También le dije que debíamos establecer aportaciones proporcionales a nuestros ingresos.
Daniel reaccionó como si hubiera insultado a toda su familia.
—¡Mi mamá jamás se ha robado un peso! ¿Cómo te atreves a desconfiar de ella?
—No estoy acusando a tu madre. Estoy diciendo que el dinero para nuestra casa debe estar bajo nuestro control.
—¡Tú no entiendes de finanzas!
Respiré profundamente.
—Está bien. Cuando recibas tu próximo sueldo, primero pagas lo que corresponde a nuestros gastos. Si no lo haces, dejamos de vivir juntos.