Después de 16 años de matrimonio, mi esposo me obligó a devolverle las tarjetas, las joyas y hasta el anillo. “¡Te vas sin un centavo y terminarás en la calle!”, gritó. Yo acepté sin discutir y salí con una maleta vieja. Él celebró haberme dejado sin nada, sin imaginar que el verdadero peligro para su fortuna de 80 millones estaba escondido entre mis suéteres…
La perito encontró diferencias en la presión y el trazo de la firma. Parecía una imagen reproducida de un comprobante antiguo. Peor aún: el formato del documento había sido creado después de la fecha que aparecía impresa. Alguien lo había preparado para hacerlo pasar por anterior.
Margarita me miró desde el otro lado de su escritorio.
—Esto ya no parece una improvisación. Su esposo se anticipó a una investigación.
Esa noche llamé a mi madre. Le había dicho que estaba de viaje, pero no pude mantener la mentira.
—Héctor me corrió de la casa, mamá.
Hubo silencio.
—¿Te lastimó?
—Esta vez no. Pero creo que quería arruinarme la vida.
Mi madre tardó en contestar.
—Cuando eras niña, te quedabas hasta tarde ayudándome a revisar las cuentas del negocio. Encontrabas errores que ni el contador veía. Nunca entendí por qué aceptaste que ese hombre te llamara tonta.
Lloré entonces, sentada en aquella habitación de hotel. No por perder el departamento ni las joyas, sino por los dieciséis años en los que había confundido soportar humillaciones con salvar mi matrimonio.
Presentamos información ante las autoridades fiscales y una denuncia formal por los hechos que podían constituir delitos. Mi abogada insistió en que los originales debían ser examinados por las instituciones correspondientes. No bastaban mis cálculos ni mi indignación: cada movimiento necesitaba respaldo.
Los registros mostraban seis años de facturación por obras inexistentes. Varias empresas emitían comprobantes por maquinaria, cemento y servicios que jamás llegaban a los proyectos. Parte del dinero regresaba a personas vinculadas con la constructora. Otra parte terminaba en intermediarios relacionados con Ramiro Figueroa, funcionario municipal que favorecía a Héctor en adjudicaciones.
Y los catorce millones enviados a la empresa relacionada con la hermana de Bernardo no aparecían en los reportes que el contador entregaba a su jefe.
—Los dos se engañaban —dije cuando terminé de reconstruir el flujo del dinero.
—Y pretendían que usted pagara las consecuencias —respondió Margarita.
Dos días después recibí un mensaje en mi antiguo teléfono, que encendía solo de vez en cuando.
«Devuelve lo que te llevaste. Podemos arreglarlo. No hagas una estupidez».
Era Héctor.
No respondí. Guardé el mensaje y lo envié a mi abogada.
A la mañana siguiente vi el mismo automóvil gris frente al hotel dos veces. Un hombre me siguió hasta una cafetería y fingió mirar el menú cuando me detuve. No sabía quién lo había enviado, pero dejé de considerar aquel alojamiento seguro.
Con ayuda de Margarita me trasladé a casa de su tía Julia, una mujer jubilada que vivía en un pequeño departamento de Tonalá. Me recibió con una taza de café de olla y una condición sencilla:
—Aquí nadie te va a preguntar dónde estuviste. Pero tienes que comer bien y dormir. No puedes pelear con el mundo si te estás acabando tú sola.
Hacía tiempo que no sentía una preocupación tan desinteresada.
Mientras tanto, Héctor comenzó a llamar a familiares y conocidos. A unos les decía que yo había sufrido una crisis nerviosa; a otros, que había robado documentos de la empresa para chantajearlo. Mi suegra incluso telefoneó a mi madre para decirle que su hijo había mantenido a una ingrata durante dieciséis años.
Mi madre contestó una sola frase:
—Su hijo podrá explicar sus cuentas. Mi hija sabe explicar las suyas.
La investigación avanzó durante varias semanas. Las autoridades corroboraron operaciones con información bancaria y fiscal, solicitaron órdenes judiciales y finalmente acudieron a las oficinas de Salgado Infraestructura para asegurar documentación y equipos.
Ese día yo estaba en Tonalá cuando Margarita me llamó.