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—¿Viste que tu hermano golpeó a nuestra hija?
—Mariana, ahorita no es momento.
Nunca olvidaré su respuesta.
Cuando llegaron los paramédicos, examinaron a Camila y sospecharon una fractura mandibular.
La colocaron cuidadosamente en una camilla.
Entonces Carmen me sujetó del brazo.
—Por favor, dile a los médicos que se cayó.
La miré sin entender.
—¿Qué?
—Mauricio tiene antecedentes por una pelea. Si lo denuncias, puede terminar en la cárcel.
—¿Tu hijo acaba de romperle la mandíbula a mi niña y tú estás preocupada por él?
—Fue un accidente. Camila tampoco tenía derecho a morderlo.
Tuve que apartarme antes de perder el control.
En el hospital, los estudios confirmaron dos fracturas en la mandíbula, una con desplazamiento, además de una conmoción cerebral.
El cirujano explicó que necesitaba una intervención para estabilizar los huesos.
Sentí que me faltaba el aire.
Mi pequeña, que apenas aquella mañana había preguntado si habría pastel de chocolate, ahora necesitaba anestesia general.
Mientras la preparaban, llegaron agentes para tomar mi declaración.
Les conté lo ocurrido y les mostré los mensajes de Andrés.
No habían transcurrido veinte minutos cuando apareció Carmen acompañada de varios familiares.
Me rodearon en el pasillo.
—Retira la denuncia —ordenó mi antigua suegra—. No vas a destruirle la vida a Mauricio.
—Mi hija está a punto de entrar a cirugía.
—Precisamente por eso deberías estar pensando en ella, no en vengarte —contestó una tía.
Andrés intentó acercarse.
—Mi hermano pagará todos los gastos. Podemos arreglarlo entre nosotros.
—Entonces empieza por decirles la verdad a los policías.
No respondió.
En ese instante apareció Patricia junto al encargado del restaurante.
—Oficial, tengo un video —anunció.
Carmen perdió el color.
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