Cuando vi a mi hija de 8 años con la mandíbula rota, descubrí que el hermano de mi exmarido la había golpeado delante de 15 familiares. “No metas a la policía, podemos arreglarlo”, me suplicó su padre mientras todos nos rodeaban. No le respondí; acompañé a mi niña al hospital y presenté la denuncia. Lo que ella escribió al despertar de la cirugía reveló una traición que yo jamás habría imaginado.
Mi niña temblaba, tenía el rostro inflamado y lloraba sin poder abrirlo.
—¡¿QUÉ LE HICIERON A MI HIJA?!
Mauricio, que olía fuertemente a alcohol, se atravesó frente a mí.
—Bájale a tus gritos. La mocosa tiene que aprender a respetar.
Entonces vi algo todavía más aterrador.
Mi hija levantó una mano temblorosa y señaló a su propio tío.
Y Andrés, en lugar de acercarse a protegerla, le ordenó que bajara la mano.
PARTE 2
—Camila, no señales a nadie. Ya hablamos de esto —dijo Andrés con una voz que nunca le había escuchado.
Me quedé helada.
Mi hija tenía sangre entre los labios y su padre estaba preocupado por lo que pudiera revelar.
Me arrodillé junto a ella.
—Mi amor, mírame. Mamá está aquí.
Intentó responder, pero soltó un gemido de dolor.
Su mandíbula estaba visiblemente desviada.
—¿Ya llamaron a una ambulancia?
Nadie contestó.
—¡LES ESTOY PREGUNTANDO!
—No exageres —respondió Mauricio—. Se cayó contra la mesa.
Saqué mi celular y marqué al 911.
Mientras daba la dirección, escuché una voz femenina detrás de mí.
—No se cayó.
Todos voltearon.
Era Patricia, una compañera de trabajo de Carmen a quien yo nunca había visto.
Estaba pálida.
—Yo vi lo que pasó. Mauricio le pegó.
—¡Cállate, Patricia! —gritó Carmen.
Pero la mujer continuó.
—Mauricio estaba regañando a Emiliano, un niño de seis años. Lo agarró del cuello de la camisa porque derramó un refresco. Camila le pidió que lo soltara.
—¡Me mordió! —interrumpió Mauricio, mostrando una marca en su brazo.
—Porque la sujetaste de la muñeca cuando trató de apartarte del niño —respondió Patricia—. Después le diste un puñetazo y cayó contra la orilla de la mesa.