Cuando vi a mi hija de 8 años con la mandíbula rota, descubrí que el hermano de mi exmarido la había golpeado delante de 15 familiares. “No metas a la policía, podemos arreglarlo”, me suplicó su padre mientras todos nos rodeaban. No le respondí; acompañé a mi niña al hospital y presenté la denuncia. Lo que ella escribió al despertar de la cirugía reveló una traición que yo jamás habría imaginado.
—¡Tu hija se lo buscó! Si no hubiera mordido a mi hermano, no habría terminado así —me gritó mi exesposo mientras nuestra niña de ocho años estaba sentada en el piso de un restaurante, con la boca ensangrentada y sin poder hablar.
Todavía recuerdo aquellas palabras. Pero lo que más me atormenta es que, cuando llegué, ninguno de los quince familiares que estaban presentes había llamado a una ambulancia.
Me llamo Mariana, tengo treinta y cuatro años y soy mamá de Camila. Hasta aquel domingo, creía que, aunque mi matrimonio había terminado, el papá de mi hija jamás permitiría que alguien le hiciera daño.
Estaba terriblemente equivocada.
Todo comenzó cuatro días antes, cuando tocaron insistentemente a la puerta de nuestro departamento.
Al mirar por la mirilla descubrí a mi exesposo, Andrés, acompañado de su hermano menor, Mauricio, y de mi antigua suegra, Carmen.
Sentí un nudo en el estómago.
Desde nuestro divorcio, Andrés tenía un acuerdo de convivencia con Camila. Podía recogerla los sábados, avisándome previamente, pero su familia llevaba casi un año sin acercarse a ella.
No era por capricho.
Cada vez que mi hija visitaba a su abuela, regresaba diciendo cosas como:
—Abuelita dice que tú le quitaste todo su dinero a papá.
O peor:
—El tío Mauricio dice que cuando tengas otro esposo ya no me vas a querer.
Había pedido muchas veces que dejaran de meter a una niña en nuestros problemas. Nunca me escucharon.
—¡Abre, Mariana! —ordenó Mauricio, golpeando la puerta.
—¿Qué necesitan?
Carmen respondió con una dulzura que conocía demasiado bien.
—El domingo cumplo sesenta y cinco años. Vamos a celebrarlo en un restaurante y queremos que Camila venga. No puedes apartarla de su familia para siempre.