Cuando vi a mi hija de 8 años con la mandíbula rota, descubrí que el hermano de mi exmarido la había golpeado delante de 15 familiares. “No metas a la policía, podemos arreglarlo”, me suplicó su padre mientras todos nos rodeaban. No le respondí; acompañé a mi niña al hospital y presenté la denuncia. Lo que ella escribió al despertar de la cirugía reveló una traición que yo jamás habría imaginado.
—No tienes que pensarlo tanto —intervino Mauricio—. También es nuestra sangre.
Andrés finalmente habló.
—El domingo paso por ella a las dos.
—Todavía no he aceptado.
—Pues más te vale hacerlo.
Se marcharon dejándome temblando de coraje.
Mi matrimonio había terminado precisamente por aquella familia.
Durante años, Mauricio había vivido pidiendo dinero. Primero para un taller de llantas, después para una refaccionaria y finalmente para pagar deudas que jamás explicaba.
Andrés le prestó cuatrocientos cincuenta mil pesos de nuestros ahorros sin consultarme.
Era dinero destinado al enganche de nuestra casa.
Cuando reclamé, mi esposo respondió:
—Es mi hermano. No puedo abandonarlo.
Seis meses después nos separamos. Mauricio nunca devolvió un peso y Andrés empezó a retrasarse hasta con la pensión de Camila.
A pesar de todo, mi hija adoraba a su papá.
Cuando supo que habría una fiesta, se emocionó muchísimo.
—Mamá, ¿puedo ir? Abuelita dice que habrá un pastel enorme.
Terminé aceptando con condiciones: Andrés debía recogerla a las dos, regresarla antes de las siete y no dejarla sola con Mauricio.
—Está bien —contestó—. Deja de exagerar.
El domingo le puse a Camila un vestido azul y le recogí el cabello con dos trenzas.
Antes de salir, le recordé:
—Si alguien te hace sentir incómoda, me llamas inmediatamente.
Ella sonrió.
—Ay, mamá, solamente voy a un cumpleaños.
A las cuatro y media me envió una fotografía del pastel.
Después, nada.
A las cinco intenté llamarla. Su celular estaba apagado.
Andrés rechazó mis llamadas.
A las siete todavía no habían regresado.
Finalmente Carmen contestó.
—¿Dónde está mi hija?
—Aquí está. No hagas escándalos.
—Pásamela.
Hubo un silencio extraño.
—Mariana, tranquilízate. Tampoco pasó algo tan grave.
Sentí que la sangre se me helaba.
Tomé un taxi y llegué al restaurante veinte minutos después.
Subí corriendo al salón privado.
Había una silla tirada, platos rotos y varios familiares reunidos alrededor de una mesa.