“Bueno, hijita, ya me voy”, dijo mi suegra y se olvidó de colgar. Segundos después la escuché reírse de cómo había logrado que mi esposo dudara de mí tras 12 años de matrimonio. Seguí escuchando sin respirar, hasta que mencionó 15 mil pesos, un desconocido y unas fotografías frente a un hotel. Guardé la grabación y decidí acudir a aquella cita…
Dejé el celular sobre el escritorio. Segundos después escuché una voz femenina:
—¿Y qué? ¿Andrés ya sospecha de su mujer?
Era Elvira, una amiga de mi suegra.
—Claro que sí —respondió Teresa, riéndose—. Las flores funcionaron de maravilla. A Ricardo le pagué para que las enviara y mandara esos mensajitos. Mi hijo ya anda con la espinita.
Sentí que me faltaba el aire. Activé la grabación de pantalla y acerqué también el teléfono del trabajo para registrar el audio.
—¿Y ahora qué sigue? —preguntó Elvira.
—Mañana Ricardo la citará en el café junto al hotel, fingiendo que quiere comprar el departamento. Se sentará pegadito a ella. Yo tomaré fotografías desde afuera y le avisaré a Andrés que vaya. Tiene que creer que descubrió a su esposa con otro.
—¿Para qué tanto teatro?
—Porque esa mujer no quiere soltar la herencia. Cuando Andrés la corra, Karina y sus niños podrán instalarse con él. Laura se quedará sola, asustada por el dinero y por la separación. Entonces aceptará vender lo del difunto para negociar su situación.
Me cubrí la boca para no gritar.
—¿Y si Andrés te reclama? —insistió su amiga.
—Él jamás se enterará. Le haré creer que tomó la decisión por sí mismo.
Cuando terminó la llamada, yo seguía temblando. Mi suegra no estaba interpretando mal mis palabras: había fabricado pruebas para destruir mi matrimonio y usar a mis hijos como presión.
Quise llamar a Andrés, pero imaginé su respuesta: «Seguro entendiste mal».
En su lugar marqué a Sofía, una abogada que había trabajado conmigo años atrás. Escuchó la grabación completa y me pidió que conservara los archivos originales.
—No le avises a Teresa —me dijo—. Si Ricardo llama, acepta la cita. Yo estaré contigo. No necesitamos inventar nada; basta con dejar que expliquen lo que hicieron.
A la mañana siguiente, Ricardo llamó ofreciendo una suma extraordinaria por el departamento. Quería verme a la una en el café del hotel. Acepté.
A las doce cincuenta, Sofía ya estaba sentada a unas mesas de distancia. Ricardo llegó con un saco azul, se acomodó demasiado cerca y miró tres veces hacia el ventanal.
Entonces vi el coche de mi suegra estacionado enfrente. Teresa sostenía el celular apuntando directamente hacia nosotros.
Y justo cuando Ricardo extendió una mano hacia mi hombro, distinguí a Andrés entrando al café, pálido de rabia, convencido de que estaba a punto de sorprenderme con mi amante.
PARTE 3
Andrés se detuvo junto a nuestra mesa con los puños apretados.
—Así que era verdad —dijo, sin mirarme siquiera—. ¿Quién es este tipo, Laura?
Antes de que pudiera contestar, aparté la mano de Ricardo de mi hombro.
—Pregúntale a él. Pero dile que te explique quién le pagó para estar aquí.
Ricardo perdió el color de la cara. Miró hacia la ventana y luego hacia la salida, calculando si todavía podía escapar. Sofía se levantó de su mesa.
—Soy la abogada de Laura —se presentó—. Nadie va a retenerlo, señor. Pero sería conveniente que aclarara por qué llamó a una mujer que nunca anunció su departamento en venta.