Mi hermana y yo dimos a luz el mismo día, en el mismo hospital y a solo 2 habitaciones de distancia. Mis padres pasaron 9 horas celebrando al bebé de mi hermana sin visitar ni una sola vez a mi hija. Cuando llamé, mi padre solo dijo: “Estamos agotados”. Colgué en silencio. Pero minutos después, una enfermera entró con una carpeta y me preguntó quién había autorizado que otra persona pudiera llevarse a mi hija del hospital.
Valeria Torres había pasado 6 temporadas participando en proyectos internacionales de investigación atmosférica en la Antártida. Había soportado tormentas capaces de borrar el horizonte, semanas de aislamiento y temperaturas que convertían cualquier error en una emergencia.
Pero nunca se había sentido tan sola como aquella tarde, dentro de una habitación privada de maternidad en Ciudad de México.
Su hija Lucía tenía apenas unas horas de nacida.
A 2 habitaciones de distancia, su hermana menor, Sofía, acababa de tener un niño.
La coincidencia había emocionado a toda la familia.
O al menos eso pensó Valeria.
Sus padres llegaron al hospital desde temprano con globos azules, flores, bolsas de regalos y un enorme pastel.
Todo era para Sofía.
Durante 9 horas permanecieron en su habitación tomando fotografías, recibiendo visitas y cargando a su nieto.
Ninguno caminó por el pasillo para conocer a Lucía.
Andrés, esposo de Valeria, estuvo con ella durante todo el día. Le acercó agua, aprendió a cambiar el pañal de su hija y ayudó a Valeria a levantarse después de un parto de casi 20 horas.