“Bueno, hijita, ya me voy”, dijo mi suegra y se olvidó de colgar. Segundos después la escuché reírse de cómo había logrado que mi esposo dudara de mí tras 12 años de matrimonio. Seguí escuchando sin respirar, hasta que mencionó 15 mil pesos, un desconocido y unas fotografías frente a un hotel. Guardé la grabación y decidí acudir a aquella cita…
—La abuela dice que ya no nos compras nada porque estás guardando dinero para irte con otro hombre —me soltó mi hija de trece años mientras se probaba una chamarra nueva.
Sentí que las bolsas del mandado se me resbalaban de las manos.
—Valeria, ¿quién te dijo eso?
—La abuela Teresa. Dice que papá pagó mis tenis y que ella compró mi chamarra porque tú ya solamente gastas en ti.
Mi esposo, Andrés, se quedó inmóvil junto a la puerta. Yo había pagado los tenis con mi tarjeta y le había transferido a su madre los mil cuatrocientos pesos de la chamarra que compró sin consultarnos. Se lo expliqué a Valeria, pero la niña ya no sabía a quién creerle.
—Mamá exagera las cosas —murmuró Andrés cuando nuestra hija se fue a su cuarto—. Ya sabes cómo es.
Ésa era su respuesta desde hacía doce años de matrimonio: «Ya sabes cómo es».
Vivíamos en Puebla con Valeria y Mateo, nuestro hijo de nueve años. Andrés trabajaba en una distribuidora de refacciones y yo llevaba la administración de una empresa de transporte. Mi marido era atento cuando me enfermaba y un buen padre los fines de semana. Lo que nunca había logrado era ponerle un límite a su mamá.
Doña Teresa jamás me insultaba de frente. Prefería sembrar comentarios pequeños. A Andrés le decía que yo estaba decepcionada de su sueldo; a mis hijos, que estaba demasiado ocupada para ellos. Luego, cuando alguien la confrontaba, juraba que todos habían entendido mal.
Tres semanas después murió mi padre. Nos habíamos distanciado por discusiones tontas, y su ausencia me dejó un dolor que no sabía dónde acomodar. En su testamento me dejó un departamento antiguo de dos recámaras, cerca del centro, donde yo había crecido. La primera vez que entré sola, encontré su tablero de ajedrez sobre una mesa y lloré hasta quedarme sin fuerzas.
—No lo vendas si no quieres —me dijo Andrés aquella noche, abrazándome—. Algún día les servirá a los niños.
Pero el siguiente domingo, durante la comida familiar, Teresa dejó el tenedor y preguntó cuánto pensaba pedir por el departamento. Le aclaré que no estaba en venta.
—Ay, Laura, no seas sentimental. Con ese dinero podrían comprar una casa grande. Y, si sobra algo, ayudar a Karina con sus deudas.