“Bueno, hijita, ya me voy”, dijo mi suegra y se olvidó de colgar. Segundos después la escuché reírse de cómo había logrado que mi esposo dudara de mí tras 12 años de matrimonio. Seguí escuchando sin respirar, hasta que mencionó 15 mil pesos, un desconocido y unas fotografías frente a un hotel. Guardé la grabación y decidí acudir a aquella cita…
Debía varios meses de un préstamo y vivía con sus dos hijos en un lugar pequeño.
—Mi papá me dejó ese departamento a mí —respondí—. No voy a venderlo para pagar deudas ajenas.
Mi suegra sonrió con una dulzura que me puso la piel de gallina.
—Claro, hijita. Nadie te está obligando.
A partir de entonces se volvió extrañamente amable. Andrés estaba encantado.
Un mes después llegó a mi oficina un ramo enorme de rosas blancas. La tarjeta sólo decía: «R. Gracias por anoche».
Mis compañeros bromearon. Yo pensé que se trataba de un error, hasta que Andrés vio las flores sobre la mesa del comedor.
—¿Quién te las mandó? —preguntó con una voz que no le conocía.
—No sé.
—Qué raro. Porque mi mamá asegura que la semana pasada te vio entrando a un hotel con un hombre.
Me quedé helada. Había ido a una notaría que estaba al lado de ese hotel.
—Andrés, ¿de verdad prefieres creerle a ella antes que preguntarme a mí?
No respondió. Volvió a mirar la tarjeta, como si aquellas cuatro palabras pesaran más que nuestros doce años juntos.
Cuando quise tirar las rosas, Valeria me sujetó del brazo.
—No las tires, mamá. La abuela dice que ésas son la prueba de que nos vas a abandonar.
PARTE 2
Al día siguiente recibí un mensaje de un número desconocido: «Me encantó verte ayer. ¿Cuándo repetimos?». Contesté que se había equivocado. La respuesta llegó casi de inmediato: «No finjas que no me conoces».
Bloqueé el número. Tres días después me llamó un hombre que se presentó como Ricardo. Preguntó si podíamos hablar a solas y, cuando le pedí que me dijera de dónde nos conocíamos, colgó.
Andrés empezó a mirarme como si fuera una desconocida. Una noche su madre le envió una fotografía en la que yo aparecía junto al automóvil de mi jefe. Habíamos salido a visitar a un cliente con otra compañera, pero ella quedó fuera del encuadre.
—¿Por qué tu mamá está vigilando mi oficina? —pregunté.
—No te está vigilando. Pasó por ahí.
—¿También pasó por la notaría, por el hotel y por donde compré el mandado? Qué casualidad.
Me prometió hablar con ella. Después de la llamada volvió con la misma excusa: su madre aseguraba que sólo estaba preocupada.
La situación se volvió insoportable cuando Mateo me preguntó por qué prefería comprarme cosas antes que pagarle sus clases de futbol. Valeria, por su parte, dejó de querer salir conmigo. Según su abuela, yo tenía «una vida nueva» de la que mis hijos pronto quedarían excluidos.
Pensé en enfrentar a Teresa delante de toda la familia. Sin embargo, una mañana ocurrió algo que cambió mis planes.
Estaba trabajando desde casa cuando ella me llamó para invitarme a comer el domingo. Habló de los tamales que prepararía, preguntó por los niños y, con falsa inocencia, quiso saber si ya había puesto en venta el departamento de mi padre. Le dije que no. Nos despedimos.