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—Los niños confunden muchas cosas. Seguramente escuchó alguna conversación y…
—Déjela terminar —intervino la mujer que llevaba los estudios médicos.
Sofía empezó a llorar.
Quise cargarla, pero levantó una mano para detenerme.
Después apoyó ambos pies sobre el piso.
Al principio pensé que solamente intentaba acomodarse.
Sin embargo, presionó sus manos contra el asiento.
Sus rodillas temblaron.
Su cuerpo comenzó a elevarse lentamente.
—Sofía, cuidado —susurré.
Mi hija consiguió ponerse de pie.
Se tambaleó.
Permanecí junto a ella, preparado para sostenerla.
Jacinta abrió los ojos desmesuradamente.
Luego miró hacia su teléfono.
—¡Lo están viendo! —exclamó—. ¡La niña está caminando! ¡Se los dije!
Intentó acercarse.
—¡No la toque! —le ordené.
Sofía dio un paso.
Después otro.
Eran movimientos inseguros, parecidos a los de una niña que estaba aprendiendo a caminar por primera vez.
Se sostuvo del borde de la mesa.
Miró la fotografía de su madre.
Y entonces habló con una claridad que no le había escuchado desde el accidente.
—Mamá quería ir al hospital.
Nadie hizo un solo ruido.
—Mamá lloraba en el carro —continuó—. Decía que le dolía mucho la cabeza.
Jacinta estaba completamente inmóvil.
—Y usted le dijo que, si iba con los doctores, algo malo me iba a pasar a mí.
La mujer del sobre comenzó a llorar.
Sofía levantó la cabeza.
—Mamá le preguntó si se iba a morir.
Se le quebró la voz.
—Y usted dijo que tenía que aguantar. Que si hacía lo que usted decía, nos iba a salvar a las dos.
Mi hija miró nuevamente la fotografía.
—Mami tenía mucho miedo.
Sus piernas cedieron.
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