Acababa de sacar a mi hija del hospital, sin saber si algún día volvería a caminar, cuando una adivina se acercó y dijo su nombre completo. Después susurró: “Tu esposa me habló de ella antes de morir”. Me quedé paralizado. Fingí creerle y acepté visitar su casa. Pero cuando mi hija vio a aquella mujer, empezó a temblar y pronunció unas palabras que cambiaron todo.
—Ese dinero era para nuestra casa —dije—. Era parte de nuestros ahorros. Usted sabía que teníamos una hija pequeña y que Lucía estaba enferma.
Jacinta golpeó la mesa.
—¡Tu esposa vino aquí porque necesitaba a alguien que la escuchara!
Su voz comenzó a elevarse.
—Me contaba que no quería preocuparte, que siempre estabas trabajando y que tenía miedo de quedarse sola con su enfermedad. Yo fui quien la acompañó cuando más lo necesitaba.
Sentí un dolor insoportable.
Porque algunas de aquellas palabras eran ciertas.
Yo trabajaba mucho.
Lucía siempre intentaba resolverlo todo sin molestar a nadie.
Nos queríamos profundamente, pero habíamos cometido el error de escondernos nuestras preocupaciones para no hacernos sufrir.
Jacinta había encontrado aquella debilidad y la había aprovechado.
—Si realmente quería ayudarla —respondí—, ¿por qué le aconsejó que dejara de buscar atención médica?
La mujer cruzó los brazos.
—Porque hay cosas que los doctores no comprenden.
—¿Le dijo que podía morir si iba al hospital?
—Yo le expliqué las consecuencias de interrumpir su tratamiento espiritual.
—¿Qué consecuencias?
Jacinta señaló a Sofía.
—Que la desgracia podía alcanzar a su hija.
El silencio fue absoluto.
Una de las mujeres se puso de pie.
—¿Usted le dijo que su niña podía enfermarse?
Jacinta intentó recuperar la calma.
—Son advertencias espirituales. Cada persona decide qué creer.
Entonces escuché un ruido detrás de mí.
Era Sofía.
Había colocado ambas manos sobre los brazos de la silla.
Su rostro estaba pálido.
—Papá… —murmuró.
Me acerqué inmediatamente.
—Aquí estoy, mi amor.
Pero mi hija no estaba mirándome.
Tenía los ojos clavados en Jacinta.
—Ella… dijo…
La mujer retrocedió.
—La niña está alterada. Mejor sáquenla.
Sofía hizo un esfuerzo enorme para completar la frase.