Acababa de sacar a mi hija del hospital, sin saber si algún día volvería a caminar, cuando una adivina se acercó y dijo su nombre completo. Después susurró: “Tu esposa me habló de ella antes de morir”. Me quedé paralizado. Fingí creerle y acepté visitar su casa. Pero cuando mi hija vio a aquella mujer, empezó a temblar y pronunció unas palabras que cambiaron todo.
La abracé contra mi pecho mientras lloraba desconsoladamente.
—Ya pasó, mi amor. Estoy contigo.
Sofía escondió el rostro en mi cuello.
—Yo le dije a mamá que fuéramos al doctor, papá…
Aquellas palabras terminaron de destrozarme.
Durante meses había imaginado el momento en que mi hija volviera a ponerse de pie.
Pensaba que gritaría de alegría.
Que aplaudiría.
Que llamaría a toda nuestra familia.
Pero cuando finalmente ocurrió, estaba sentado en el suelo, llorando por una mujer que ya no podía regresar.
Y por una niña de siete años que había cargado con un secreto demasiado grande.
Jacinta intentó recuperar el control.
—Esto demuestra que mi ceremonia funciona. ¡La niña acaba de caminar!
Nadie le respondió.
—¡Están siendo testigos de una sanación!
La mujer que sostenía la fotografía del pequeño se acercó a la mesa.
—Mi nieto tiene problemas en los riñones —dijo con voz temblorosa—. Usted me recomendó suspender sus consultas y traerlo solamente aquí.
Jacinta abrió la boca.
—Eso es diferente.
—¿Diferente cómo?
—Cada enfermedad tiene su origen.
La mujer recogió la fotografía de su nieto.
—Pues mañana mismo voy a llevarlo al hospital.
Otra señora también se levantó.
—A mi marido le dijo que dejara sus medicamentos para la presión.
Jacinta comenzó a recoger las veladoras.
—La ceremonia terminó. Todos fuera.
Pero una de las presentes estaba grabando con su propio teléfono.
Había registrado las preguntas, las respuestas y el momento en que Jacinta reconoció haber advertido a Lucía que la desgracia podía alcanzar a nuestra hija.
Cuando intentó quitarle el celular, la mujer retrocedió.
—Esto lo tiene que ver la autoridad.
Salimos de aquella casa mientras Jacinta gritaba que éramos unos malagradecidos.
Mi suegra nos esperaba afuera.
Al ver a Sofía llorando, corrió hacia nosotros.
—¿Qué pasó?
No pude contestarle.
Sofía levantó la cabeza de mi hombro.
—Abuelita… mamá tenía miedo.
Doña Teresa abrazó a su nieta y empezó a llorar.
Aquella tarde llevamos a Sofía a revisión. La doctora confirmó que no había sufrido lesiones durante el episodio y nos recordó que haber dado unos pasos no significaba una recuperación completa.
Su trastorno requería continuar con rehabilitación.
Los movimientos podían mejorar, empeorar temporalmente o variar dependiendo del estrés y de otros factores.
—Lo importante es que Sofía siga aprendiendo a controlar su cuerpo —nos explicó—. Esto no fue una curación sobrenatural.
Yo lo sabía.
Mi hija llevaba meses haciendo ejercicios, recibiendo terapia física y trabajando con especialistas.
Había comenzado a recuperar pequeñas capacidades mucho antes de entrar en aquella casa.
Pero Jacinta pretendía apropiarse de ese progreso y convertirlo en publicidad para seguir cobrando.
Tres días después, el video comenzó a circular por grupos de WhatsApp.
Primero llegó a las vecinas que acudían a las ceremonias.
Después apareció en varias páginas de Facebook.
La gente discutía sobre la responsabilidad de aquella mujer, pero a mí solamente me importaba proteger la recuperación de Sofía.