Él tomó el micrófono.
—Gracias por venir. La celebración termina aquí.
Hubo murmullos.
Rogelio Cárdenas, el padre de Valeria, exigió una explicación.
—No habrá boda —respondió Alejandro—. Mis abogados se comunicarán con ustedes.
El jefe de seguridad acompañó a Valeria y a su padre al elevador en medio de un silencio humillante.
Antes de entrar, Valeria se volvió hacia Elena.
—Esto es culpa tuya.
Elena apretó a Sofía contra el pecho.
—No. Es culpa de lo que usted hizo.
Las puertas se cerraron.
La fiesta terminó en menos de quince minutos.
Cuando el penthouse quedó vacío, Alejandro regresó al despacho.
Teresa seguía ahí. También Elena, que intentaba acomodar a Sofía dormida sobre el sofá.
Alejandro se detuvo frente a su madre.
Por primera vez en años no parecía un empresario poderoso. Parecía un hijo avergonzado.
—Te prohibí entrar a mi casa —dijo Alejandro—. Te traté como si fueras mi enemiga porque era más cómodo que aceptar que podía estar equivocado.
Teresa le tocó el rostro.
—Yo también cometí errores. Pero tener razón nunca me devolvía a mi hijo.
