Levantó la mirada.
Valeria estaba detrás de él.
Y justo cuando Alejandro iba a exigir una explicación, su asistente Daniel apareció en la puerta con una memoria USB.
—Señor —dijo—, lo de los correos no es lo peor.
Lo que contenía esa memoria cambiaría a toda la familia para siempre.
PARTE 3
Alejandro tomó la memoria USB sin apartar los ojos de Daniel.
La fiesta seguía al otro lado del muro. Se escuchaba el saxofón contratado para la noche, las risas de los invitados y el tintinear de las copas. Todo sonaba absurdamente normal.
—Habla —ordenó Alejandro.
Daniel respiró hondo.
—Hace tres días encontré una carpeta oculta en el servidor de la oficina. Al principio pensé que era un respaldo, pero estaba conectada con una cuenta externa. Revisé los accesos y descubrí que las filtraciones comenzaron poco después de que usted conociera a la señorita Cárdenas.
Valeria cruzó los brazos.
—No tienes autorización para revisar mis archivos.
—No eran sus archivos —respondió Daniel—. Eran documentos de la empresa.
Alejandro insertó la memoria en la computadora del despacho. Aparecieron decenas de carpetas organizadas por fecha. Había contratos, mapas de terrenos, estudios ambientales, propuestas de compra y grabaciones de llamadas.
Teresa permaneció a un lado, rígida.
Elena abrazó a Sofía, que ya empezaba a cabecear de sueño, sin comprender por qué los adultos hablaban tan fuerte.
Alejandro abrió la primera grabación.
La voz de Valeria llenó la habitación.
—Montiel va a presentar la oferta el lunes. Si ustedes entran con veinte millones más, el consejo se la va a entregar. Después me transfieren lo acordado.
Nadie dijo nada.
Alejandro abrió otra.
—Todavía no sospecha. Su madre sí, pero ya me encargué de que dejara de escucharla. Mientras él crea que Teresa me odia por clasismo, no se acercará a ella.
Teresa cerró los ojos.
Alejandro retrocedió como si alguien lo hubiera golpeado.
—¿Tú provocaste que me alejara de mi madre?
Valeria sostuvo su mirada.
—Tu madre nunca me aceptó.
—Eso no responde la pregunta.
—Hice lo que tenía que hacer para proteger nuestra relación.
Daniel señaló otra carpeta.
—Hay más.
Los archivos mostraban pagos de Grupo Salgado a una empresa fantasma registrada a nombre de una prima de Valeria. También había mensajes con su padre, el senador Rogelio Cárdenas.
En uno de ellos, Valeria escribía: “Cuando nos casemos, tendrá acceso total a los fideicomisos familiares. Alejandro confía en mí. Solo necesitamos que firme antes de que Teresa vuelva a acercarse”.
Alejandro leyó la frase tres veces.
Luego se sentó.
Durante años se había enorgullecido de saber leer a la gente. Pero no había visto lo que estaba frente a él y había castigado a la única persona que intentó advertirle.
—Se acabó —dijo finalmente.
Valeria soltó una carcajada nerviosa.
—¿Vas a creerle a un asistente asustado, a una mujer resentida y a una empleada que se metió donde no debía?
Elena sintió la humillación como una bofetada, pero no bajó la mirada.
Alejandro tampoco.
—No necesito creerles. Te estoy escuchando con tu propia voz.
—Esas grabaciones pueden estar editadas.
—Entonces las revisará un perito.
—Alejandro, piensa en el escándalo.
—Estoy pensando en el delito.
—Yo te amo —insistió Valeria.
—No vuelvas a hablarle así a mi madre —respondió Alejandro—. Se acabó.
Alejandro salió del despacho.
La sala se silenció cuando apareció. Los invitados se volvieron hacia él. Valeria caminó detrás.
—Alejandro, no hagas una escena.
