Uncategorised ntht/ Mi hijo me prohibió entrar a su casa porque su prometida le aseguró que yo quería separarlos. Pasé 6 meses intentando advertirle, hasta que una niña de 3 años me encontró llorando y preguntó: “¿Él sabe que usted lo quiere?”.

La fiesta celebraba el compromiso de Alejandro Montiel, uno de los empresarios inmobiliarios más poderosos de Ciudad de México. En la terraza del penthouse se veía el bosque de Chapultepec cubierto de luces. Había políticos, inversionistas, periodistas y familiares de Valeria. Todos parecían pertenecer a un mundo donde una empleada y su hija solo existían cuando algo estaba sucio.

Durante casi una hora, Sofía obedeció.

Después desapareció.

Elena encontró el cuaderno abierto, el jugo a la mitad y la puerta de la cocina entreabierta. Sintió que el estómago se le cerraba. Recorrió el comedor, la sala y el corredor tratando de no correr para no llamar la atención.

Finalmente vio a Sofía frente al despacho privado de Alejandro.

—Mi amor, ven conmigo —susurró Elena—. No puedes estar aquí.

La niña no se movió. Tenía la cabeza inclinada hacia la puerta.

—Hay una señora llorando.

Elena escuchó. Detrás de la música y las risas, se oía un sollozo contenido.

—No es asunto nuestro.

Tomó a Sofía de la mano, pero la pequeña se soltó y golpeó tres veces.

La puerta se abrió.

Una mujer elegante, de cabello plateado y ojos enrojecidos, apareció con varios documentos doblados entre los dedos.

Elena la reconoció por una fotografía que limpiaba cada martes.