PARTE 1
—Quiero el divorcio, Mariana. Y antes de que preguntes: no, no hay otra mujer.
Durante varios segundos me quedé mirando a Daniel sin poder reaccionar.
Cinco años de matrimonio acababan de resumirse en una frase dicha sobre la mesa de nuestra cocina, entre dos tazas de café que ya se habían enfriado.
Lo más absurdo era que, hasta una semana antes, yo misma había pensado en dejarlo.
Vivíamos en Guadalajara, en un departamento de la colonia Providencia que habíamos comprado con años de trabajo. Yo tenía treinta y tres años, un buen empleo en una agencia de publicidad y, desde afuera, una vida que muchas personas consideraban perfecta.
Pero llevaba meses convencida de que mi matrimonio estaba muerto.
Daniel no era romántico. Nunca llegaba con serenata, jamás publicaba declaraciones de amor ni se ponía celoso cuando algún compañero me escribía.
Él demostraba cariño preguntándome si había desayunado, revisando las llantas de mi coche antes de un viaje o dejando café listo cuando sabía que yo tenía una junta temprano.
Y yo había empezado a despreciar precisamente esas cosas.
—Pareces mi papá, no mi esposo —le dije una noche.
Daniel sonrió con tristeza.
—Perdón por preocuparme por ti.
Yo quería pasión. Quería sentir mariposas, discusiones intensas, reconciliaciones de película. Mi amiga Fernanda incluso me decía que quizá yo había elegido una vida demasiado tranquila.
Daniel, mientras tanto, comenzó a trabajar hasta tarde.
Yo lo interpreté como otra prueba de que ya no le interesaba.
Por eso había imaginado muchas veces cómo sería pedirle el divorcio. Pensaba hacerlo con dignidad, sin lágrimas, como una mujer segura que simplemente reconocía que una relación había terminado.
Pero él se adelantó.
—¿Entonces por qué quieres dejarme? —pregunté.
Daniel bajó la mirada.
—Porque ya no soporto verte infeliz conmigo.
Aquella respuesta me irritó.
—No decidas por mí.
—No estoy decidiendo por ti. Estoy aceptando algo que llevo meses viendo.
Le pregunté otra vez si amaba a alguien.
Lo negó.
—Si necesitas culparme, hazlo. Dile a todos que yo fui quien destruyó el matrimonio. No me importa.
Después tomó una pequeña maleta y se fue.
Creí que sentiría alivio.
En cambio, cuando escuché cerrarse la puerta, miré su taza todavía sobre la mesa y sentí un vacío brutal.
Durante los días siguientes encontré sus camisas en el clóset, sus tenis junto a la puerta, una nota vieja pegada al refrigerador.
Y por primera vez me pregunté si realmente había querido perderlo.
Entonces llamó mi suegra, Teresa.
—Mariana, ¿qué le hiciste a mi hijo?
Sentí que la sangre me subía al rostro.
—Él fue quien pidió el divorcio.
Hubo un silencio extraño.
Después Teresa respondió algo que me dejó helada:
—Sí, lo sé. Y por eso mismo te estoy preguntando qué pasó para que Daniel prefiriera perder a la mujer que ama antes que seguir viéndola a su lado.
No podía imaginar que aquella frase era apenas el principio de todo lo que estaba a punto de descubrir.
