Tampoco explicó por qué nos había detenido.
Mamá metió la mano en el bolso y le entregó ambos documentos sin vacilar.
Su permiso de conducir había caducado hacía poco, pero ya había realizado todos los trámites necesarios para renovarlo en la oficina del condado.
La nueva tarjeta todavía no le había llegado por correo, así que en la oficina le habían expedido un permiso de conducir provisional de color amarillo.
El ayudante del sheriff examinó el papel.
Levantó las cejas.
Después se rio.
—¿Y esto qué se supone que es? ¿Algo que ha impreso en una biblioteca pública?
Mamá respondió con suavidad:
—No, señor. Es un permiso de conducir provisional que me expidieron en la oficina del condado. Todavía estoy esperando el definitivo.
Él dio la vuelta al documento y volvió a examinarlo.
Entonces su voz se endureció.
—Salga del coche, señora.
Mi madre no protestó.
Abrió la puerta con cuidado y bajó al arcén de grava con su vestido de domingo estampado de flores. Llevaba el bolso colgado del brazo.
El ayudante del sheriff señaló hacia el parachoques trasero.
—Póngase allí. Quédese donde pueda verla.
Me incliné inmediatamente sobre la consola central.
—Disculpe, agente. Tiene 71 años.
Él se inclinó hacia la ventanilla abierta.
—Usted se queda dentro del vehículo, señor.
Abrí la boca para protestar.
