Parte 1
Tenía treinta años cuando descubrí que una buena intención podía destruir una carrera con la misma facilidad que una mala decisión.
Me llamo Lucas Hernández y trabajaba como médico en un hospital privado de Guadalajara. Había tardado casi una década en llegar hasta ahí. Mis padres tenían una pequeña ferretería en Tonalá y nunca pudieron pagar una facultad de medicina, así que estudié con un crédito educativo, becas y todo trabajo de fin de semana que encontré.
Aún debía 1.780.000 pesos cuando conocí a Alicia Romero.
