Lo que no sabía era que, en enero, Walter enfermó gravemente y pasó dos días encerrado en su recámara, demasiado débil incluso para llegar a la cocina.
Nadie se dio cuenta.
Nadie excepto Sarah Mitchell.
Sarah vivía tres casas más adelante, en una vivienda rentada de nuestra colonia.
Era madre soltera de tres niños porque su esposo había abandonado a la familia, se había llevado los ahorros y se había marchado a Texas sin enviarles ayuda económica.
Cinco noches por semana limpiaba oficinas por el equivalente a once dólares la hora.
Tenía una hija de diez años llamada Hazel, un niño de siete llamado Ben y un pequeño de tres llamado Toby.
Una mañana, después de terminar su turno nocturno, Sarah notó algo extraño.
Las cortinas de Walter llevaban dos días cerradas.
Él siempre las abría a las siete.
Sarah tocó varias veces.
Finalmente escuchó una voz débil desde el piso superior.
La puerta estaba sin seguro.
Entró cargando a Toby y encontró a Walter temblando bajo varias cobijas.
—Señor Brennan, está muy enfermo.
Voy a pedir una ambulancia.
Walter intentó negarse.
Sarah no lo permitió.
Consiguió que una vecina cuidara a Toby, acompañó a Walter al hospital y permaneció seis horas junto a él.
Los médicos diagnosticaron neumonía.
Walter estuvo internado cuatro días.
Sarah fue a verlo todos.
Cuando volvió a casa encontró las sábanas limpias, la vivienda ordenada, comida en el refrigerador y una enorme olla de sopa de pollo.
—No tenías que hacer todo esto.
—Alguien tenía que hacerlo.
Después de aquello Sarah comenzó a llevarle cena casi todas las noches.
Walter pensó que eran sobras.
Pasta.
Pollo.
Sopa.
Platillos sencillos.
Él intentaba darle dinero y Sarah siempre se negaba.
—Si sigue queriendo pagarme, dejaré de traerle postre.
Durante casi dos meses Walter creyó que aquella joven simplemente compartía un poco de comida.
Hasta que una tarde Hazel llegó sola con un recipiente de espagueti.
Walter le preguntó si Sarah ya había cenado antes de salir al trabajo.
La niña negó con la cabeza.
—Mamá dice que otra vez no tiene hambre.
Dice que los niños necesitamos comer más porque todavía estamos creciendo.
Walter miró el plato que tenía entre las manos.
