Y por un instante, se pareció a la madre que recordaba.
El restaurante estaba lleno cuando llegamos, pero era cómodo.
El aroma a ajo, tomate, pan y hierbas aromáticas impregnaba la habitación.
Mamá dudó un instante en la entrada.
Me di cuenta de.
Ella sabía que me había dado cuenta.
Entonces levantó la barbilla.
—Bueno —dijo—, tengo sesenta y cinco años. Soy demasiado mayor para tenerle miedo a la pasta.
Durante la primera hora, todo salió a la perfección.
Mamá se rió más de lo que la había oído reír en meses.
Ella contaba viejas historias.
Me robó pan del plato a pesar de que había una cesta entera entre nosotros.
Y entonces hizo algo que me sorprendió por completo.
Pidió tiramisú antes del plato principal.
El camarero parpadeó.
¿Antes de cenar?
Mamá sonrió.
“Para eso son los cumpleaños.”
Levanté mi copa.
“Ahora sí que tienes razón.”
Cuando llegó el tiramisú, dio un bocado y cerró los ojos.
“¿Sigue estando bien?”, pregunté.
“Mejor de lo que recordaba.”
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