En sus páginas había escrito deseos para mí.
A los quince años había escrito:
«Espero que la vida sea amable con ella».
A los dieciocho:
«Ojalá encuentre un lugar donde nadie pueda volver a hacerla sentir que su vida cabe dentro de una maleta».
A los veinte:
«Espero que alguien consiga hacerla reír».
Y había muchas más.
Carl se había convertido en profesor de historia.
