Tres niñas idénticas detuvieron a un padre soltero en Chapultepec y le dijeron: «Nuestra mamá tiene tu mismo tatuaje»

PARTE 1

A las 5:20 de una tarde fría, Adrián Salgado empujaba la carriola de su hijo por una vereda del Bosque de Chapultepec cuando 3 niñas idénticas se plantaron frente a él.

Llevaban abrigos color crema, zapatos impecables y moños rojos. No parecían perdidas. Parecían estar buscando precisamente a él.

—Disculpe, señor —dijo la de en medio—. Nuestra mamá tiene el mismo tatuaje que usted.

Adrián bajó la mirada hacia su antebrazo.

La brújula rota, descolorida por los años, asomaba bajo la manga de su chamarra. No era un diseño cualquiera. Era la cicatriz voluntaria de una madrugada ocurrida 8 años atrás en Guadalajara, una noche que había intentado enterrar junto con una mujer llamada Camila.

—¿Qué dijeron? —preguntó, sintiendo que la garganta se le cerraba.

Una de las niñas señaló el tatuaje.

—Mamá lo tiene aquí —explicó, tocándose el hombro—. Dice que representa a alguien que se perdió antes de encontrarla.

Adrián apretó el manubrio de la carriola.

Camila y él habían dibujado aquella brújula sobre una servilleta en un café de la colonia Americana. Después de hablar hasta el amanecer, entraron a un estudio de tatuajes y prometieron llevar el mismo símbolo para recordar que, aunque la vida los separara, siempre podrían encontrarse.

Pero Camila desapareció 3 semanas después.

Su teléfono dejó de funcionar. El departamento que rentaba quedó vacío. La universidad aseguró que nunca había estado inscrita con ese nombre. Adrián pasó meses buscándola hasta convencerse de que todo había sido una mentira.

—¿Cómo se llama su mamá? —preguntó.

Las niñas se miraron entre sí.

—Camila —respondieron casi al mismo tiempo.

Antes de que Adrián pudiera respirar, una mujer con uniforme gris apareció corriendo.

—¡Regina! ¡Lucía! ¡Valeria! ¿Qué hacen molestando al señor?

Las reunió detrás de ella con un movimiento nervioso. Al ver el tatuaje de Adrián, perdió el color del rostro.