—¿Y por qué crees que yo puedo estar estupendo con mi cuerpo, pero tú no?
No supe qué decir.
Se acercó a mí y me tomó de la mano.
—Vamos a hacernos una promesa. Yo dejaré de esconderme por culpa de mi cuerpo envejecido y tú dejarás de esperar a adelgazar para empezar a vivir.
—¿Y si no soy capaz?
—Entonces volveremos a intentarlo. Nadie espera que superes años de miedo en un solo día.
Lentamente, me quité la toalla.
Mi abuelo no miró mi abdomen ni mis muslos.
Simplemente sonrió.
—Vamos, cariño. El agua te está esperando.
Entré lentamente en la piscina.
Al principio me sentía terriblemente incómoda.
No dejaba de pensar en mi aspecto, en lo grande que parecía mi barriga y en si mis piernas eran demasiado gruesas.
Pero, después de unos minutos, empecé a nadar.
Luego salpiqué agua en dirección a mi abuelo.
Él soltó una carcajada.
Y yo, después de muchos años, me reí por primera vez sin pensar en mi apariencia.
Cuando salí de la piscina, mi abuelo propuso que nos hiciéramos una fotografía juntos.
—¡No, abuelo! ¡Voy a salir horrible!
—¡Entonces los dos saldremos horribles! —se rio—. ¡Pero al menos saldremos felices!
Dejamos el teléfono sobre la mesa y pusimos el temporizador.
En la primera fotografía, me cubría el abdomen con las manos.
En la segunda, intentaba girarme de lado.
Pero, justo antes de la tercera, mi abuelo hizo una mueca ridícula y gritó:
—¡Emily, esto no es un concurso de belleza! ¡Es nuestra vida!
Me reí tan fuerte que olvidé por completo esconder mi cuerpo.
Y fue precisamente en ese instante cuando la cámara capturó la imagen.
Cuando miré la fotografía, automáticamente empecé a buscar todas aquellas cosas que normalmente odiaba de mí misma.
Pero entonces me fijé en la expresión de mi abuelo.
Me miraba con tanto orgullo que parecía que yo fuera la chica más hermosa del mundo.
Y, por primera vez, vi algo diferente en aquella fotografía.
Vi algo más que mi peso.
Vi mi felicidad.
Aquella noche publiqué la fotografía en Facebook.
Tenía miedo de los comentarios.
Uno de los primeros mensajes llegó de una antigua compañera de clase que me había acosado años atrás.
Mientras abría su mensaje, me temblaban las manos.
