Tengo 81 años y estaba comiendo sola en el comedor del Ejército cuando un joven sargento me humilló delante de 200 soldados: “¿Qué rango tenía usted en la Edad de Piedra?”. Después intentó arrancarme la vieja insignia de latón del abrigo. Yo no discutí; solo señalé la placa detrás de él y dije: “Lea mi nombre”. Cuando terminó de leerla, descubrió por qué su padre había logrado regresar vivo a casa.
Se inclinó sobre la mesa y entonces descubrió el pequeño distintivo de metal que llevaba prendido en mi abrigo.
Era un escudo azul con un ave blanca extendiendo las alas.
El mismo emblema que él llevaba en el uniforme.
Su expresión pasó de la sorpresa a la indignación.
—¿De dónde sacó eso?
Bajé la mirada hacia el distintivo.
El metal estaba oscurecido por los años. Una esquina tenía el esmalte desprendido.
—Me lo regalaron hace mucho tiempo.
—Ese emblema pertenece a nuestra unidad —dijo, levantando la voz—. Hay soldados que murieron llevando esa insignia. No puede comprar una imitación en un mercado y ponérsela para fingir que pertenece al Ejército.
Sentí una punzada en el pecho.
No por sus palabras.
Sino porque, durante un instante, recordé a un muchacho de 19 años que había muerto con aquel mismo emblema en el uniforme.
—Quíteselo —exigió.
—No.
—Se lo estoy ordenando.
—Y yo le estoy diciendo que no.
Salgado alargó una mano hacia mi cuello.
La joven soldado de la otra mesa se levantó.
—Mi sargento, por favor…
—Siéntese, soldado Jiménez. No se meta.
Entonces miré detrás de él.
Sobre la pared principal del comedor había una placa conmemorativa de bronce. Debajo de ella, unas letras grandes decían:
“Nunca dejamos atrás a los nuestros”.
El sargento llevaba 3 años destinado en aquella unidad.
Seguramente había comido bajo esa placa centenares de veces.
—Sargento —dije—, antes de tocarme, quisiera pedirle un favor.