“Solo puedes quedarte esta noche. Mañana tendrás que irte”, me dijo el millonario cuando me rescató de la lluvia helada en plena madrugada. No sabía que yo era la esposa de un político poderoso que me había maltratado durante 4 años. Pensaba marcharme en silencio, pero a la mañana siguiente descubrió que mi esposo ofrecía 50,000 pesos de recompensa por encontrarme…
Cuando intentó caminar, sus piernas fallaron. Alejandro la sostuvo del codo y la ayudó a subir.
Durante el trayecto, ella no pronunció una palabra. Solamente se encogió contra la puerta cuando otro vehículo apareció detrás.
En la residencia, doña Teresa, el ama de llaves de 63 años, abrió los ojos de sorpresa.
—¡Santo Dios, señor Alejandro! ¿Dónde encontró a esta criatura?
—Necesita ropa seca, algo caliente y una habitación. Nada de preguntas.
Doña Teresa la acompañó al segundo piso.
Alejandro pensó que el asunto terminaría por la mañana.
Se equivocaba.
A las seis y cuarenta y cinco, Gabriel, su jefe de seguridad, golpeó desesperadamente la puerta de su habitación.
—Patrón, tenemos un problema muy serio.
—¿Qué pasó?
Gabriel le mostró una fotografía en su teléfono.
Era la joven de la parada.
Pero en aquella imagen aparecía vestida de gala, sonriendo junto a un hombre que Alejandro conocía demasiado bien.
Víctor Salgado, diputado local y presidente de una comisión legislativa relacionada con el desarrollo urbano.
Un político poderoso, con amistades capaces de detener proyectos millonarios.
—Es Sofía Salgado, su esposa —explicó Gabriel—. La están buscando desde anoche. Sus hombres han preguntado en hospitales, hoteles y casetas de vigilancia.
Alejandro sintió un escalofrío.
Víctor tenía influencia sobre funcionarios que revisaban los permisos de su nuevo desarrollo inmobiliario, una inversión de más de ochenta millones de pesos.
Bastaba una llamada para complicarle la vida.
Cuando Alejandro bajó, encontró a Sofía intentando salir discretamente.
—Ya me voy. Usted dijo que podía marcharme por la mañana.
—Su esposo la está buscando.
La expresión de ella cambió por completo.
—¿Ya le habló?
—No.
—Por favor, no me entregue.
Retrocedió hasta chocar contra la puerta y levantó instintivamente los brazos para protegerse.
Entonces la manga de su vestido se deslizó.
Alejandro vio cinco marcas oscuras alrededor de su muñeca.