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Yo tenía una responsabilidad mucho más importante.
El domingo fui al departamento de Lucía, en la colonia Narvarte.
Llevaba una bolsa con pan dulce de la panadería que ella prefería cuando estábamos casados.
Toqué el timbre.
Lucía abrió.
—Vi lo que pasó anoche —dijo.
—Lamento que nuestra historia terminara llegando hasta ese salón.
—Al menos no mostraste la carta.
—Te prometí proteger a Sofía.
Desde el interior del departamento escuché una voz.
—¡Mamá! ¿Es el señor del avión?
Sofía apareció con su conejito.
Llevaba una pijama rosa cubierta de estrellas.
Me miró emocionada.
—¿Viniste por los tamales? Mi tía dice que aquí también puedo prepararlos.
Me arrodillé.
Tenía tantas cosas que decirle que ninguna parecía suficiente.
Lucía se acercó y puso una mano sobre el hombro de nuestra hija.
—Sofi, hay algo importante que tenemos que explicarte.
La pequeña me miró.
—¿Qué pasó?
Sentí que la voz me temblaba.
—Tu mamá te contó que tu papá estaba muy lejos, trabajando entre las nubes.
—Sí. Pero todavía no viene.
Tragué saliva.
—Sofía… soy yo.
La pequeña abrió los ojos.
Después miró a su madre.
—¿Él es mi papá?
Lucía asintió lentamente.
—Sí, mi amor.
Sofía permaneció callada.
Entonces preguntó algo que jamás olvidaré.
—¿Ya terminaste de trabajar?
Sentí que se me partía el corazón.
—Sí, princesa. Y perdóname por haber tardado tanto en encontrarte.
Ella abrazó su conejo.
—Fueron muchos cumpleaños.
Las lágrimas comenzaron a correrme por las mejillas.
—Lo sé.
Sofía extendió su peluche.
—Puedes abrazar a Tito. Cuando alguien está triste, él ayuda.
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