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Antes de que pudiera contestar, apareció Mariana con una sonrisa.
—Además, Elena me dijo que prefería el sofá porque quería que nosotros disfrutáramos la habitación grande.
Elena sintió que algo se rompía dentro de ella.
Nunca había dicho semejante cosa.
Lucía, que acababa de bajar las escaleras, frunció el ceño.
—Pero es su cumpleaños. ¿Por qué no le dejan la habitación principal?
—Porque Elena quiso consentirnos —respondió Mariana.
Roberto observó a la cumpleañera.
—¿De verdad usted pidió dormir en la sala, señora Elena?
La mujer respiró profundamente.
—Lo importante es que todos descansen.
Mariana sonrió satisfecha.
No imaginaba que aquella respuesta no significaba rendición.
Desde que su esposo, Ernesto, había muerto 3 años atrás, Elena había financiado buena parte de la vida de Daniel y Mariana.
Primero fueron 420,000 pesos para completar el enganche de su casa.
Después, reparaciones, mensualidades atrasadas, supuestas emergencias médicas y problemas con el automóvil.
Durante los últimos 18 meses había transferido otros 1,380,000 pesos.
Daniel siempre prometía devolverle algo cuando mejorara su situación.
Mariana siempre tenía una nueva urgencia.
Y Elena, desesperada por no perder también la cercanía con su único hijo, terminaba sacando la chequera.
Hasta que 6 meses antes ocurrió algo extraño.
Mariana le pidió 185,000 pesos para una cirugía urgente de su madre.
Una semana después, Elena llamó a Lucía para preguntarle cómo seguía.
—¿Qué cirugía? —respondió su consuegra—.
Hace años que no entro a un quirófano.
Elena no dijo nada.
Aquella misma tarde comenzó a guardar comprobantes, mensajes, fechas y recibos.
También buscó a una abogada.
La cena de cumpleaños terminó de confirmarle que algo estaba profundamente mal.
Mariana levantó su copa.
—Quiero brindar por este maravilloso fin de semana que Daniel y yo organizamos para nuestra querida Elena.
Roberto dejó sus cubiertos.
—¿Ustedes lo organizaron?
Pensé que Elena nos había invitado.
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