PARTE 1
—O vendes el departamento y le das a mi mamá lo que le corresponde, o vas a demostrar que nunca te importó esta familia.
Mariana dejó lentamente la regadera con la que estaba cuidando las plantas y miró a su esposo como si acabara de escuchar a un desconocido. Arturo estaba parado en medio de la sala, todavía con los zapatos llenos de agua de la calle, los brazos cruzados y esa expresión satisfecha de quien cree haber descubierto una brillante oportunidad de negocio usando el patrimonio de otra persona.
—¿Qué es exactamente “lo que le corresponde” a tu mamá?
—El departamento —respondió él—. Llevamos tres años viviendo aquí. Ya es patrimonio de los dos.
Mariana soltó una risa corta.
Aquel departamento en la colonia Providencia, en Guadalajara, había pertenecido a su abuelo. Él se lo dejó directamente en su testamento mucho antes de que Mariana conociera a Arturo. Ella había pagado la remodelación, los muebles, las cuotas extraordinarias del edificio y hasta la instalación eléctrica nueva.
Arturo había llegado al matrimonio con dos maletas, una televisión y muchas opiniones.
—Tu nombre no aparece en ninguna escritura —dijo Mariana—. Mucho menos el de tu mamá.
Arturo frunció el ceño.
—Siempre sacas los papeles cuando te conviene.
—Los papeles suelen ser útiles cuando alguien intenta regalar lo que no es suyo.
El verdadero problema tenía nombre: Teresa, la madre de Arturo.
Desde hacía dos años, Teresa construía una enorme “quinta familiar” cerca de Tapalpa. Lo que comenzó como una casita para pasar los fines de semana ya tenía terraza, tres habitaciones, una cocina que había sido remodelada dos veces y un porche con columnas que Teresa describía orgullosamente como “estilo hacienda moderna”.
El dinero, sin embargo, nunca alcanzaba.
Ahora también quería cambiar su viejo automóvil por una camioneta nueva.
Al día siguiente apareció en la tienda de telas que Mariana administraba.
—Mijita, necesito veinte metros de ese jacquard —dijo señalando la colección más cara—. Es para las cortinas de la quinta.
—Son casi sesenta mil pesos.
Teresa sonrió.
—Por eso vine contigo. Me lo sacas del almacén y asunto arreglado.
Mariana creyó que bromeaba.
No bromeaba.
—Yo trabajo aquí, Teresa. No soy la dueña.
—Ay, qué rígida eres. Con razón Arturo dice que contigo todo son cuentas y documentos.
Antes de marcharse, Teresa se acercó y susurró:
—De todos modos pronto tendrán dinero. Ya hablamos de vender el departamento.
Mariana sintió un escalofrío.
Esa noche llegó antes de lo habitual.
La puerta estaba abierta.
Desde la sala escuchó una voz masculina.
—Si quieren vender rápido, habría que bajarle unos ocho por ciento al precio de mercado.
Mariana entró.
Arturo estaba junto a un hombre desconocido que medía las paredes y anotaba números en una carpeta.
—¿Quién es él?
El desconocido se quedó inmóvil.
Arturo palideció.
—Mariana… puedo explicarlo.
Ella miró la carpeta.
En la portada había un logotipo.
Era una agencia inmobiliaria.
Y debajo del nombre del edificio alguien había escrito:
“Propietarios interesados en venta urgente.”
Mariana levantó los ojos hacia su esposo.
Arturo sonrió nervioso.
—Fue idea de mi mamá.
Y Mariana todavía no sabía que aquello apenas era el comienzo.
