PARTE 2
—¿Trajiste a un agente inmobiliario a vender mi departamento sin preguntarme?
Arturo intentó abrazarla, pero Mariana retrocedió.
—Solo quería saber cuánto vale.
—Entonces hubieras buscado anuncios en internet.
El agente recogió rápidamente sus cosas.
—Señora, yo entendí que ambos estaban de acuerdo.
—Pues entendió mal.
El hombre salió casi corriendo.
Cuando quedaron solos, Arturo cambió de tono.
—Mira, Mariana, seamos adultos. El departamento vale muchísimo y nosotros ni siquiera tenemos hijos. Podemos venderlo, comprar algo pequeño y usar la diferencia para terminar la quinta.
—¿La quinta de tu mamá?
—Algún día será nuestra.
Mariana lo observó incrédula.
—Quieres vender algo que ya es mío para financiar algo que quizá algún día heredes.
—Además mamá necesita cambiar de coche.
—Ah, perfecto. Entonces también financio la camioneta.
Arturo se molestó.
—No hables de ella así. Mi mamá ha hecho mucho por nosotros.
Mariana intentó recordar qué había hecho exactamente Teresa, aparte de llegar sin avisar, opinar sobre sus muebles y llevarse comida cada vez que visitaba.
Durante los siguientes días comenzó una guerra silenciosa.
Arturo dejó de hablarle.
Teresa le enviaba fotos de camionetas, cotizaciones de materiales y diseños para la terraza.
El viernes llegó un mensaje especialmente descarado:
“Encontré la camioneta perfecta. No se tarden con el departamento porque la promoción termina este mes.”
Mariana no respondió.
Pero el sábado una vecina la detuvo en la entrada del edificio.
—Oye, Mariana, ¿sí te vas a mudar?
—¿Por qué?
—Ayer estuvo tu suegra con un señor señalando tu balcón. Decía que el departamento estaba remodelado y se vendería rapidísimo.
Aquello cambió todo.
Ya no eran comentarios familiares.
Teresa estaba ofreciendo públicamente una propiedad que no le pertenecía.
Mariana subió furiosa.
Arturo la esperaba sentado en la cocina.
Delante de él había una hoja en blanco, una calculadora y una pluma.
—Tenemos que hablar.
—Eso parece.
Arturo respiró profundamente.
—Mi mamá y yo hicimos cuentas.
Mariana apoyó el bolso sobre una silla.
—Estoy deseando escucharlas.
—Si no quieres vender, puedes pagarnos nuestra parte.
Mariana tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Nuestra qué?
—Nuestra parte del departamento.
—No tienen ninguna.
—Mamá dice que como hemos vivido aquí tres años, moralmente la mitad es mía. Pero para evitar problemas estamos dispuestos a aceptar dos millones ochocientos mil pesos.
Mariana creyó que había escuchado mal.
—¿Tu mamá quiere que yo les pague casi tres millones para seguir viviendo en mi propio departamento?
—No lo plantees así.
—¿Cómo quieres que lo plantee?
Arturo golpeó la mesa.
—¡Como una esposa que piensa en su familia!
Entonces ocurrió algo extraño.
Mariana dejó de estar enojada.
Sonrió.
Arturo se inquietó.
—¿Qué?
—Nada. Creo que tienes razón en una cosa.
—¿En cuál?
—Esto ya dejó de ser una discusión de pareja.
Sacó su teléfono.
Buscó un contacto.
—Voy a llamar a alguien que sabe bastante más que tu mamá sobre propiedades.
Arturo miró la pantalla.
El nombre que apareció hizo desaparecer su sonrisa.
Era el tío de Mariana.
Notario y abogado especializado en bienes inmuebles.
Mariana puso la llamada en altavoz.
—Tío, necesito hacerte una consulta. Mi esposo y mi suegra están intentando vender una propiedad heredada únicamente por mí… y ahora quieren que les pague casi tres millones de pesos para no venderla.
Al otro lado de la línea hubo unos segundos de silencio.
Después llegó una pregunta.
—¿Dijiste que ya trajeron a un agente inmobiliario?
—Sí.
—Entonces no borres absolutamente ningún mensaje.
Arturo tragó saliva.
Y lo que el abogado dijo después hizo que se levantara de la silla de golpe.
PARTE 3
—Mariana, escucha con cuidado —dijo su tío—. Una cosa es que tu esposo tenga fantasías sobre tu departamento y otra muy distinta que alguien se presente ante terceros como si tuviera autorización para venderlo.
Arturo comenzó a caminar por la cocina.
—Estamos exagerando muchísimo esto.
El abogado continuó:
—El departamento lo recibiste por herencia, ¿correcto?
—Sí.
—¿Está exclusivamente a tu nombre?
—Sí.
—¿Arturo figura como copropietario?
—No.
—Entonces nadie puede disponer de ese inmueble sin ti. Y si alguien presenta documentos falsos, firma por ti o engaña a un comprador diciendo que tiene facultades que no posee, ahí sí podríamos hablar de problemas legales bastante serios.
Arturo se acercó al teléfono.
—Tío Roberto, nadie va a falsificar nada.
—Qué bueno, Arturo. Entonces no tendrás problema en explicarme por qué llevaste a un agente a valuar una propiedad que no es tuya.
Silencio.
—Solo estábamos preguntando.
—¿Y por qué tu mamá fue después con otra persona a señalar el edificio?
Arturo miró a Mariana.
—¿Quién te dijo?
Ella no respondió.
Su tío continuó:
—Mariana, guarda capturas de todos los mensajes donde hablen de vender. También quiero que pidas al administrador del edificio conservar cualquier grabación de las áreas comunes de estos días. Y mañana revisamos las escrituras.
Arturo perdió el color.
—¿Grabaciones?
Mariana arqueó una ceja.
Aquella reacción fue demasiado rápida.
—¿Por qué te preocupa tanto que haya cámaras?
—No me preocupa.
—Claro que sí.
—¡Porque estás convirtiendo una conversación familiar en una investigación!
Mariana tomó el teléfono de la mesa.
—Tío, luego te marco.
Colgó.
Arturo llevaba ambas manos en la cintura y respiraba agitado.
—Te estás pasando.
—¿Yo?
—Mi mamá solo está tratando de ayudarnos.
Mariana soltó una carcajada.
—Tu mamá quiere una camioneta nueva, una quinta terminada y casi tres millones de pesos que piensa sacar de mi patrimonio. Eso no se llama ayudar.
—Ella piensa en nuestro futuro.
—No. Ella piensa en su cochera.
Arturo golpeó la mesa con la palma.
—¡Ya basta de faltarle al respeto!
—Entonces dile que deje de intentar vender mi casa.
El enfrentamiento habría terminado ahí si Arturo no hubiera cometido el error de decir:
—Ni siquiera sabes todo lo que mamá ha hecho.
Mariana se quedó quieta.
—¿Qué ha hecho?
Arturo abrió la boca.
Se arrepintió.
—Nada.
—Arturo.
—Olvídalo.
Mariana lo conocía desde hacía cinco años.
Sabía reconocer cuándo mentía.
—¿Qué hizo Teresa?
—Solo estuvo averiguando cosas.
—¿Qué cosas?
Él se llevó una mano al rostro.
—No quiero discutir.
—Entonces contesta.
Finalmente explotó.
—¡Fue al Registro Público!
Mariana sintió que algo se endurecía dentro de ella.
—¿Para qué?
—Para preguntar si había alguna forma de vender sin tantos trámites.
—¿Sin tantos trámites o sin mi autorización?
Arturo no respondió.
Ya no hacía falta.
Mariana tomó el bolso.
—¿A dónde vas?
—A casa de mi mamá.
—Mariana…
—Esta noche no quiero verte.
—¡Esta también es mi casa!
Ella se detuvo frente a la puerta.
—No vuelvas a confundirte, Arturo. Esta es nuestra residencia porque somos matrimonio. La propiedad es otra cosa.
Por primera vez él pareció entender la diferencia.
Al día siguiente, Mariana fue con su tío.
Revisaron cada documento.
Todo estaba perfectamente claro.
Su abuelo le había heredado el departamento años antes del matrimonio. El inmueble estaba registrado únicamente a nombre de Mariana.
Pero su tío encontró algo que le preocupó más.
—Necesitamos hablar con el agente que estuvo en tu casa.
Lo llamaron.
Al principio el hombre no quiso involucrarse.
Después Mariana le explicó tranquilamente que solo necesitaba saber qué información había recibido.
El agente respiró profundamente.
—Su esposo dijo que el departamento pertenecía a la familia y que usted estaba enterada.
—¿Mencionó a mi suegra?
—Sí.
—¿Qué dijo?
—Que ella estaba coordinando la operación porque ustedes estaban muy ocupados.
Mariana cerró los ojos.
—¿Firmó algo?
—No. Pero…
—¿Pero qué?
—Me entregó copias de algunos documentos.
El tío Roberto se inclinó hacia el teléfono.
—¿Qué documentos?
—Una copia de identificación del señor Arturo y una impresión con datos del departamento. También me dijo que conseguirían la firma de la propietaria cuando hubiera comprador.
—¿Le dieron copia de la escritura?
—No.
El abogado respiró aliviado.
—Perfecto. Entonces por ahora estamos hablando de una intención, no de una operación realizada.
Mariana sintió una mezcla extraña de rabia y vergüenza.
No porque hubieran conseguido vender su casa.
No podían.
Lo doloroso era comprender hasta dónde habían estado dispuestos a llegar.
Su esposo había abierto la puerta de su hogar a un extraño.
Había hablado de precios.
Había calculado cuánto dinero podrían entregar a su madre.
Y después había regresado a la cocina para exigirle a Mariana que pagara por seguir viviendo en una propiedad heredada de su abuelo.
Todo con la tranquilidad de quien cree estar negociando algo legítimo.
—Quiero que esto termine —dijo.
—Entonces tienes que poner límites reales —respondió su tío.
Mariana sabía exactamente cuáles.
Esa misma tarde cambió las contraseñas de sus cuentas personales.
Guardó documentos importantes en una caja de seguridad.
Informó por escrito al administrador del edificio que ninguna persona estaba autorizada a promover la venta del departamento.
Después escribió a Teresa.
“Necesitamos hablar mañana. Tú, Arturo y yo.”
La respuesta llegó en menos de un minuto.
“Por fin vas a entrar en razón.”
Mariana sonrió.
Teresa no tenía idea de cuánto se equivocaba.
Al día siguiente llegaron a las cinco.
Teresa entró primero.
Llevaba un vestido rojo brillante, lentes oscuros sobre el cabello y una carpeta bajo el brazo.
Arturo venía detrás, incómodo.
—Bueno —dijo Teresa—. Me alegra que dejemos los dramas.
Mariana señaló la mesa.
—Siéntense.
Teresa dejó la carpeta delante de ella.
—Traje números.
—Yo también.
Mariana colocó tres hojas sobre la mesa.
En la primera estaba el documento que acreditaba la propiedad.
En la segunda, un resumen preparado por su abogado.
En la tercera, una lista.
Teresa ni siquiera miró las dos primeras.
—Eso ya lo sabemos. Pero estamos hablando de justicia familiar.
—Perfecto. Hablemos de justicia.
Mariana tomó la tercera hoja.
—Durante los últimos tres años, Arturo y yo hemos pagado varias cosas tuyas.
Teresa frunció el ceño.
—¿Y?
—Veintidós mil pesos cuando cambiaste el refrigerador. Dieciséis mil del aire acondicionado. Nueve mil de una reparación del coche. Doce mil para terminar el baño de la quinta. Ocho mil para tus lentes. Cuatro mil quinientos de un viaje. Sin contar comidas, regalos y compras pequeñas.
Arturo bajó la mirada.
Teresa se puso roja.
—¿Me estás cobrando lo que me regalaron?
—No.
Mariana dejó la hoja.
—Te estoy recordando algo importante: nunca fuiste una víctima abandonada por nosotros.
—Soy su madre.
—Exactamente. Su madre. No su propietaria.
Teresa golpeó la mesa.
—¡Yo crié a ese hombre!
—Y ahora ese hombre tiene treinta y seis años.
—¡Una esposa decente ayuda a la familia de su marido!
Mariana respondió sin levantar la voz:
—Una suegra decente tampoco intenta vender la herencia de su nuera.
Teresa se levantó.
—¡Yo no intenté vender nada!
—Hay un agente inmobiliario que dice lo contrario.
Silencio.
Arturo miró rápidamente a su madre.
Teresa parpadeó.
—Ese hombre entendió mal.
—También tenemos al administrador del edificio y a una vecina que te vieron con otra persona señalando mi balcón.
—¡Solo estaba preguntando!
—Y fuiste al Registro Público.
El rostro de Teresa cambió.
Mariana lo notó.
Arturo también.
—Mamá —murmuró—, dijiste que solo preguntaste por teléfono.
Teresa se volvió hacia su hijo.
—¿Ahora también tú vas a empezar?
—¿Fuiste personalmente?
—¡Claro que fui! Alguien tenía que informarse porque ustedes dos nunca resuelven nada.
Arturo abrió lentamente la boca.
—Me dijiste que había una forma de…
Se detuvo.
Demasiado tarde.
Mariana se inclinó hacia él.
—¿Una forma de qué?
Arturo se quedó inmóvil.
Teresa intervino.
—No tiene importancia.
—Quiero escucharlo de él.
—Mariana…
—Dilo.
Arturo tragó saliva.
—Mamá dijo que quizá existía alguna manera de demostrar que yo tenía derechos por haber vivido aquí.
Mariana sintió más decepción que rabia.
—¿Y tú le creíste?
—No exactamente.
—Trajiste a un agente.
—Sí.
—Calculaste cuánto obtener de la venta.
Arturo bajó la cabeza.
—Sí.
—Me pediste dos millones ochocientos mil pesos para “comprar” algo que ya me pertenece.
Él permaneció callado.
Teresa intervino:
—¡Porque la mitad moralmente es suya!
Mariana la miró.
—Entonces ve al banco y pide un crédito usando esa “mitad moral” como garantía.
