PARTE 2
—¡Mariana! ¿Qué hiciste con la cerradura? —gritó Leticia desde el pasillo.
Cuando Mariana abrió, su suegra intentó entrar sin siquiera saludar.
—A un lado, por favor. El licenciado necesita revisar el departamento.
Mariana no se movió.
Detrás de Leticia estaba un hombre delgado de unos 40 años.
—Buenas tardes —dijo él—. Soy Mauricio, asesor inmobiliario.
Leticia señaló el interior como si estuviera mostrando una propiedad propia.
—Son 2 recámaras pequeñas… bueno, una recámara y un estudio. Los muchachos pueden entrar mañana. La sala se queda amueblada.
Mauricio abrió la carpeta.
—Solo necesitamos la firma final de la propietaria.
Mariana lo miró.
—Perfecto. Entonces puede guardar sus documentos.
El hombre se quedó inmóvil.
—¿Cómo?
—No voy a rentar mi departamento.
Leticia soltó una carcajada seca.
—Ay, Mariana, por favor. Óscar ya habló contigo.
—Hablar conmigo no convierte mi propiedad en propiedad de ustedes.
Óscar apareció detrás de su esposa.
—Mamá… hubo un problema.
—¿Problema? —Leticia se volvió hacia él—. ¡Mañana tengo que pagar materiales! ¡Yo ya hice compromisos!
Mariana cruzó los brazos.
—Ese tampoco es mi problema.
Entonces empujó la maleta azul hacia el pasillo.
—Aquí está tu hijo. Dijiste que en tu casa siempre tendrá un lugar porque es tu familia. Perfecto. Te lo entrego con ropa, consola y cargadores.
Óscar palideció.
—Mariana, no exageres.
—No estoy exagerando. Tú querías que yo abandonara mi propia casa para financiar los gustos de tu mamá. Ahora tú te mudas con ella.
Leticia temblaba de coraje.
—¿Vas a destruir tu matrimonio por unos metros cuadrados?
—No. El que puso en riesgo su matrimonio fue el hombre que decidió que su esposa podía ser desalojada para pagar la terraza de su madre.
Mauricio empezó a cerrar discretamente su carpeta.
—Señora Leticia, creo que hubo un malentendido importante.
—¡No hubo ningún malentendido! —respondió ella—. ¡Tenemos autorización!
Mariana giró la cabeza.
—¿Autorización de quién?
El asesor dudó.
Después sacó una hoja.
—El señor Óscar firmó una carta donde declara que está de acuerdo con el arrendamiento.
Mariana soltó una pequeña risa.
—Óscar puede autorizar que renten sus zapatos. El departamento no es suyo.
El rostro del asesor cambió.
—¿La escritura está únicamente a nombre de usted?
—Desde 3 años antes de casarme.
Mauricio cerró la carpeta de golpe.
—Entonces yo no puedo continuar.
Leticia lo tomó del brazo.
—¡Pero ya recibiste documentos!
—Recibí documentos porque ustedes dijeron que el señor tenía facultades para intervenir.
Mariana miró lentamente a Óscar.
Él bajó los ojos.
Algo no cuadraba.
—¿Qué documentos les diste?
Óscar guardó silencio.
Mauricio volvió a abrir la carpeta.
—Copia de identificación, predial, recibo de agua…
Mariana sintió que el estómago se le endurecía.
Todos esos papeles estaban guardados dentro de una carpeta en el cajón de su escritorio.
Un cajón que ella no había abierto en semanas.
—Óscar —preguntó muy despacio—, ¿sacaste documentos de mi escritorio sin decirme?
Él no respondió.
Pero Leticia perdió la paciencia.
—¡Ya deja el drama! Solo eran copias. Además, necesitábamos demostrar que el departamento existía porque yo ya recibí el apartado de los inquilinos.
Mariana dejó de mirar a Óscar.
Ahora miró directamente a su suegra.
—¿Recibiste dinero por rentar una propiedad que no es tuya?
El pasillo quedó completamente en silencio.
Y entonces Mauricio sacó de la carpeta un recibo firmado por Leticia.
Lo que Mariana leyó en aquella hoja cambió por completo el tamaño del problema.
