PARTE 1
—Te vas 6 meses a los cuartos de la fábrica, Mariana. Mi mamá va a rentar tu departamento y con ese dinero terminará su casa de descanso.
Mariana dejó la taza de café sobre la mesa y miró a su esposo como si acabara de escuchar una broma de pésimo gusto.
—¿Perdón?
Óscar ni siquiera apartó la vista del televisor.
—No lo hagas más grande de lo que es. Tú conoces a varias muchachas de la planta que comparten cuartos cerca del parque industrial. Seguro te consiguen una cama. Yo me voy con mi mamá porque allá sí tengo dónde quedarme.
Mariana tardó unos segundos en responder.
Aquel departamento de 52 metros cuadrados, en Querétaro, no era un regalo de Óscar ni una propiedad comprada durante el matrimonio. Ella lo había pagado antes de conocerlo, después de trabajar turnos dobles durante casi 5 años en una empresa de autopartes.
Había dejado de viajar, vendido su coche viejo y contado cada peso para completar el enganche.
Óscar llegó después.
Primero con una mochila.
Luego con una caja de zapatos.
Después con una consola, 3 maletas y la costumbre de llamar “nuestra casa” a un lugar por el que nunca había pagado una mensualidad.
El problema tenía nombre: Leticia, su madre.
Doña Leticia había decidido convertir una vieja casa familiar en Tequisquiapan en una “casa de descanso digna”. Primero pidió ventanas nuevas. Después una terraza. Luego cocina integral, piso tipo mármol y un baño adicional.
El presupuesto se disparó.
Y, según Óscar, la solución perfecta era rentar el departamento de Mariana durante 6 meses.
—Mi mamá ya consiguió interesados —añadió—. Son 2 ingenieros que vienen por un proyecto. Pagan muy bien. Mañana viene con un asesor inmobiliario.
Mariana levantó lentamente las cejas.
—¿Mañana?
—Sí. Ya está prácticamente arreglado.
—Qué eficientes.
Óscar sonrió, creyendo que estaba ganando.
—Eso me gusta de ti. Cuando piensas con calma, entiendes las cosas. Somos familia. Hay que ayudarnos.
“Familia”.
Siempre aparecía esa palabra cuando alguien esperaba que Mariana pagara la cuenta.
Ella sonrió.
—Tienes razón. Necesito pensarlo. Voy a salir un rato.
Se reunió con Laura, una compañera de la planta que llevaba años conociéndola.
Cuando terminó de contarle todo, Laura dejó el vaso sobre la mesa.
—A ver si entendí. ¿Tu suegra quiere sacar dinero de tu departamento, tu esposo quiere mandarte a dormir con desconocidas y ellos ya buscaron inquilinos sin preguntarte?
—Exactamente.
—¿Y qué vas a hacer?
Mariana tomó un sorbo de café.
—Óscar dijo algo muy cierto.
—¿Qué?
—Que él sí es familia de su mamá y yo no.
Laura frunció el ceño.
Mariana sonrió.
—Así que mañana voy a ayudarlo a regresar con su familia.
A las 8:00 de la mañana siguiente, un cerrajero cambió la combinación de la cerradura.
Después Mariana sacó del clóset la misma maleta azul con la que Óscar había llegado años atrás.
Metió pantalones, camisas, tenis, cargadores, videojuegos y hasta aquella taza del América que él nunca permitía que nadie tocara.
A las 6:12 de la tarde, Óscar entró y vio todas sus cosas junto a la puerta.
—¿Por qué empacaste también lo mío?
Mariana lo miró tranquilamente.
—Porque tú mismo dijiste que te irías con tu mamá.
Antes de que Óscar pudiera reaccionar, alguien intentó abrir desde afuera con una llave que ya no funcionaba.
Luego golpearon la puerta con fuerza.
Era Leticia.
Y detrás de ella venía un hombre con una carpeta llena de contratos.
Mariana respiró profundamente.
Lo que estaba a punto de pasar era tan absurdo que ni ella podía creer hasta dónde habían llegado.
