PARTE 1
—Nosotros ya apartamos todo junio en tu casa. Tú y Alejandro pueden venir algunos fines de semana de agosto… si todavía hay espacio.
Mi cuñada Karla lo dijo con tanta tranquilidad que durante unos segundos pensé que estaba bromeando.
Estábamos comiendo carne asada en la terraza de mi casa de descanso, en Huitzilac, Morelos. Yo seguía junto al asador, con las pinzas en la mano, mientras Karla se servía el mejor pedazo de arrachera como si acabara de anunciar que al día siguiente iba a llover.
—¿Cómo que “apartaron junio”? —pregunté.
—Pues normal, Lucía. Mamá y yo organizamos las vacaciones. Ya mandé el calendario al grupo familiar. Mis niños salen de clases, necesitan aire limpio, y a mamá le hacen bien estos lugares porque le duelen las rodillas.
Volteé hacia mi esposo.
Alejandro bajó inmediatamente la mirada al celular.
Ahí entendí que él ya sabía.
La casa no era una propiedad familiar. Tres años antes, después de cuidar a mi abuela hasta sus últimos días, heredé un pequeño departamento en Querétaro. Lo vendí y utilicé prácticamente todo ese dinero para comprar aquella casa. La escritura estaba exclusivamente a mi nombre. Alejandro había ayudado algunas veces a pintar la cerca y a quitar un cobertizo viejo, pero jamás había puesto dinero para comprarla. El verano anterior, además, los hijos de Karla habían roto un vidrio del invernadero jugando y nadie se había ofrecido siquiera a pagarlo.
—¿Tú autorizaste esto? —le pregunté.
—Luci, no exageres —respondió sin mirarme—. Es mi familia.
Karla soltó una risita.
—Exactamente. Además, mamá ya compró una alberca grande para los niños. La entregan el miércoles. Alejandro puede venir a instalarla.
Dejé las pinzas sobre el asador.
—¿Y dónde piensan dormir todos?
Karla me miró como si la pregunta fuera absurda.
—Mamá en su recámara, obviamente. Tiene el colchón ortopédico.
—¿Mi recámara?
—Sí. Los niños duermen en la sala. Yo en el cuarto de visitas. Cuando ustedes vengan, pueden poner un colchón inflable en la terraza. Hace calor, hasta romántico sería.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Estás diciendo que tengo que dormir afuera de mi propia habitación porque ustedes hicieron un calendario sin preguntarme?
Karla golpeó la mesa.
—¡Es la casa de mi hermano también! ¡No seas tan egoísta!
Antes de que pudiera responder, su teléfono comenzó a sonar.
Era mi suegra.
Karla activó el altavoz.
—Hijita, dile a Lucía que antes de que lleguemos compre arroz, pasta, leche, carne y unas almohadas nuevas. Y que limpie bien el refrigerador. La última vez tenía unas manchas pegajosas que me dieron mucho asco.
Miré lentamente a mi esposo.
Alejandro no dijo una sola palabra.
Y en ese momento comprendí que aquello no era una visita familiar: ya habían decidido convertir mi casa en suya, y lo que estaba a punto de descubrir era todavía peor.
