ntht/ “Tu casa parece un chiquero”, me humilló delante de todos la amiga que años atrás cuidaba a mi bebé para que yo pudiera descansar. Poco después volvió fingiendo desesperación y me pidió 25 mil pesos; se los di porque todavía confiaba en ella. Luego me bloqueó y empezó a presumir una vida de lujo que no tenía… hasta que una de sus nuevas amigas regresó al supuesto departamento al día siguiente y el guardia le reveló que solo se rentaba por noche.

 

PARTE 3

Natalia pasó varios minutos comparando las fotografías.

Era exactamente el mismo departamento.

El sofá color crema.

La lámpara enorme sobre el comedor.

La terraza.

Incluso un cuadro abstracto que Fernanda había presumido en redes sociales escribiendo:

“Por fin llegó la pieza que faltaba para nuestra sala.”

La supuesta “pieza” venía incluida en la renta.

—No puede ser —murmuró Natalia.

Mariana comenzó a contarle todo.

Después de convertirse en mamá, Fernanda había entrado a varios grupos de crianza en redes sociales. Así conoció a mujeres que llevaban a sus hijos a actividades privadas, hablaban constantemente de restaurantes caros, viajes, ropa y departamentos en zonas exclusivas.

No todas eran millonarias, por supuesto.

Pero Fernanda quedó fascinada.

Comenzó a imitar su forma de vestir, los lugares que frecuentaban y hasta las palabras que utilizaban.

Poco a poco empezó a avergonzarse de su propia vida.

Su departamento dejó de parecerle suficiente.

Su esposo ya no tenía un trabajo “presentable”.

Sus amigas de siempre le parecían demasiado comunes.

Natalia entendió entonces aquellas visitas incómodas, los comentarios sobre su casa y la escena de la cafetería.

Fernanda no había cambiado porque Natalia hubiera hecho algo.

Fernanda estaba desesperada por demostrarle a un grupo de desconocidas que pertenecía a una clase social diferente.

El problema era que sostener aquella mentira costaba dinero.

Mucho dinero.

Primero compró ropa a meses sin intereses.

Luego comenzó a frecuentar restaurantes que no podía pagar con comodidad.

Después inventó que Andrés estaba relacionado con una empresa importante del sector inmobiliario.

Pero la mentira más grande llegó cuando sus nuevas amigas comenzaron a organizar reuniones en sus casas.

Una ofreció una comida en Lomas de Chapultepec.

Otra las invitó a un departamento en Polanco.

Finalmente alguien dijo:

—Fer, ahora te toca a ti.

Fernanda entró en pánico.

Durante meses había dado a entender que vivía en Santa Fe.

No podía llevarlas al departamento donde realmente vivía con Andrés.

Así que buscó una propiedad amueblada disponible por renta corta.

Encontró una espectacular.

La rentó, pagó depósito, contrató comida, compró flores, llevó botellas de vino y hasta colocó fotografías familiares en dos muebles para hacer creer que vivía allí.

El costo se salió completamente de su presupuesto.

Y ahí fue cuando recordó que Natalia alguna vez había mencionado los ahorros para el cumpleaños de Sofía.

Por eso había llegado aquel día desesperada.

No porque alguien estuviera enfermo.

No porque su hijo necesitara algo.

No porque estuviera en peligro.

Necesitaba dinero para montar una mentira.

—¿Los veinticinco mil pesos? —preguntó Natalia.

—Casi todos —respondió Mariana—. Entre la renta, el depósito, la comida y varias cosas que compró para ese día.

Natalia sintió una mezcla extraña de rabia y tristeza.

Recordó cómo Fernanda había tomado el sobre.

“Es muy urgente.”

Y lo había sido.

Urgente para impresionar a cinco mujeres.

Mientras Natalia cancelaba el salón del cumpleaños de su hija.

Pero la parte más absurda todavía faltaba.

Durante aquel brunch, Fernanda representó su papel perfectamente.

Se movía por el departamento como si fuera suyo.

—La terraza fue lo que nos enamoró.

—Andrés quería algo más cerca de Polanco, pero yo preferí esta vista.

—Estamos pensando cambiar toda la cocina.

Una de las invitadas, Lorena, incluso le preguntó:

—¿Y cuánto tiempo llevan viviendo aquí?

—Casi un año.

Todo habría quedado como una mentira exitosa si Lorena no hubiera olvidado la pañalera de su bebé.

Se dio cuenta esa misma noche.

Escribió a Fernanda.

No recibió respuesta hasta la mañana siguiente.

“Luego te la llevo.”

Lorena necesitaba un medicamento que estaba dentro, así que decidió pasar directamente.

Llegó al edificio.

Preguntó por Fernanda.

El guardia revisó la información.

—No vive ninguna señora con ese nombre aquí.

Lorena pensó que había una confusión.

—Ayer estuve en su departamento.

Le mostró una fotografía.

El guardia reconoció la propiedad.

—Ah, el 1804. Ese departamento se renta por días.

Lorena llamó a Fernanda.

No contestó.

Entonces buscó la propiedad en internet.

Encontró el anuncio en minutos.

Las mismas fotografías.

La misma sala.

La misma terraza.

Hasta el mismo cuadro que Fernanda presumía como suyo.

Lorena tomó capturas y las envió al grupo.

“Fer, ¿no dijiste que este departamento era tuyo?”

Al principio Fernanda intentó improvisar.

Respondió que los propietarios anteriores seguían usando fotografías antiguas.

Pero otra mujer encontró varias fechas disponibles para reservarlo durante los siguientes meses.

Luego encontraron reseñas recientes de huéspedes.

Una había sido publicada apenas una semana antes del supuesto brunch “en casa de Fernanda”.

Las preguntas comenzaron.

Fernanda dejó de contestar.

Y entonces ocurrió algo peor.

El propietario llamó porque faltaba una lámpara decorativa pequeña y el personal había encontrado manchas de vino sobre una alfombra.

Como Fernanda había dejado los datos de Andrés como contacto secundario, el hombre habló directamente con él.

Andrés no entendía nada.

—¿Qué departamento?

El propietario explicó.

Cuando Andrés llegó a casa esa noche, pidió ver las cuentas.

Fernanda intentó decir que había sido una reunión normal.

Pero él encontró transferencias, pagos y mensajes.

Después encontró la conversación con Natalia.

Leyó:

“Necesito veinticinco mil. Es urgente.”

Luego:

“Te regreso todo en dos semanas.”

Y finalmente el mensaje que Fernanda había enviado cuando Natalia comenzó a cobrarle:

“Deja de molestar. Tenemos dinero apartado para vacaciones.”

Andrés explotó.

Según Mariana, los vecinos escucharon parte de la discusión.

—¿Pediste prestado dinero destinado al cumpleaños de una niña para rentar un departamento y fingir que vivimos en Santa Fe?

—¡No entiendes!

—Claro que entiendo. Te avergüenzas de nosotros.