ntht/ “Tu casa parece un chiquero”, me humilló delante de todos la amiga que años atrás cuidaba a mi bebé para que yo pudiera descansar. Poco después volvió fingiendo desesperación y me pidió 25 mil pesos; se los di porque todavía confiaba en ella. Luego me bloqueó y empezó a presumir una vida de lujo que no tenía… hasta que una de sus nuevas amigas regresó al supuesto departamento al día siguiente y el guardia le reveló que solo se rentaba por noche.

PARTE 1

—Deja de estarme cobrando. Ese dinero ya está apartado para nuestras vacaciones. Tu hija puede festejar su cumpleaños de otra manera.

Cuando Natalia leyó el mensaje, sintió que se le helaban las manos.

—Ricardo… escucha lo que me acaba de escribir Fernanda.

Su esposo dejó la taza sobre la mesa y leyó la pantalla dos veces.

—¿Me estás diciendo que la mujer a la que le prestamos el dinero del cumpleaños de Sofía ahora prefiere irse de vacaciones antes que pagarnos?

Natalia no respondió. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

Fernanda había sido su amiga desde la universidad. Cuando Natalia tuvo a Sofía y pasó meses agotada entre pañales, biberones y noches sin dormir, Fernanda era de las pocas personas que iba a visitarla. A veces cargaba a la bebé para que Natalia pudiera bañarse tranquila o tomarse un café caliente.

Por eso le costaba aceptar en qué se había convertido su amistad.

Todo comenzó después de que Fernanda se casó con Andrés y tuvo a su propio hijo.

Primero dejó de visitarlos con frecuencia. Después comenzó a comportarse extraño.

Cuando iba al departamento de Natalia, en la colonia Portales, se sentaba apenas en la orilla del sillón, rechazaba el café y miraba alrededor como si todo le diera asco.

Una tarde, Ricardo la observó salir y comentó:

—¿Qué le pasa a tu amiga? Parece que vino a inspeccionar una vecindad.

Natalia se molestó.

—No exageres.

Pero unas semanas después entendió que su esposo tenía razón.

Invitó a Fernanda a una cafetería donde ambas habían pasado tardes enteras durante la universidad. Apenas se sentó, Fernanda torció la boca.

—¿Todavía vienes aquí?

—Sí. ¿Por qué?

Cuando la mesera se acercó, Fernanda ni siquiera abrió el menú.

—Yo ya no como en lugares así. Se ve todo… descuidado.

Natalia sintió vergüenza.

—Fernanda, veníamos aquí cada semana.

—Eso era antes.

Y luego soltó, suficientemente fuerte para que escucharan las mesas cercanas:

—Aunque supongo que tú no notas esas cosas. En tu casa tampoco eres precisamente obsesiva con la limpieza.

Natalia se quedó muda.

Dos semanas después, Fernanda apareció en su departamento como si nada hubiera pasado.

—Necesito que me prestes dinero.

—¿Pasó algo?

—No puedo explicarte. Es urgente.

Natalia tenía veinticinco mil pesos guardados. Eran para comprarle ropa a Sofía y pagar el salón pequeño donde celebrarían su cumpleaños.

—Te los regreso en dos semanas —prometió Fernanda—. Te lo juro.

Ricardo estaba bañándose cuando Natalia sacó el sobre.

Fernanda tomó el dinero, rechazó incluso un vaso de agua y salió casi corriendo.

Cuando Ricardo se enteró, la miró preocupado.

—Natalia… espero que sepas lo que hiciste.

Ella defendió a su amiga.

—Si vino así de desesperada, debe tener un problema serio.

Dos semanas después, Fernanda no devolvió un solo peso.

Y Natalia todavía no sabía que esos veinticinco mil pesos no habían servido para una emergencia, una enfermedad ni una deuda.

Los había usado para algo que terminaría destruyendo su amistad y humillando a Fernanda frente a las mismas personas a las que intentaba impresionar.

Natalia no podía imaginar lo que estaba a punto de descubrir.