PARTE 1
—Mi mamá viene mañana y se va a quedar a vivir con nosotros —dijo Javier, sin mirarme, mientras cortaba jitomate como si aquella frase no acabara de caer en medio de la cocina como una granada.
Dejé el batidor sobre la barra.
—¿A vivir? ¿Cuánto tiempo?
—Pues… no sé. Ella decidió rentar su departamento. Dice que así completa su pensión.
Me quedé callada unos segundos. No porque no tuviera qué decir, sino porque estaba tratando de escoger una frase que no terminara en divorcio.
Mi suegra, Beatriz, tenía un departamento propio en una colonia tranquila de Puebla. No debía hipoteca, recibía su pensión y vivía sola. Su hija Karla habitaba una casa más grande que la nuestra, pero cuando Beatriz le comentó su brillante plan, mi cuñada respondió:
—Mejor vete con Javier. Ellos tienen una recámara libre y Paola cocina muy bien.
Así, sin más, mi casa había sido convertida en un hotel familiar con alimentos incluidos.
—Entonces ella renta lo suyo, cobra cada mes y nosotros pagamos luz, agua, gas, comida y todo lo demás —resumí.
Javier se acomodó los lentes.
—Es mi mamá, Paola.
—Y esta también es mi casa, Javier.
No grité. Eso lo puso más nervioso.
Beatriz llegó al día siguiente a las diez de la mañana con dos maletas, tres bolsas, una cobija enorme, una cafetera vieja y una caja con vajilla “que sí sirve de verdad”. Entró repartiendo órdenes antes de quitarse los zapatos.
—Esta recámara tiene demasiadas cosas. Hay que sacar ese escritorio.
Era mi oficina.
A la hora de la comida ya había cambiado mis frascos de especias, ocupado el cajón grande del baño y movido mis plantas “porque ahí no les da buena energía”.
Por la noche soltó la primera regla:
—Los sábados yo voy a hacer comida familiar. Y los domingos, Paola, puedes aprovechar para limpiar a fondo. A mí me hace daño el polvo.
Javier fingió concentrarse en su celular.
Yo sonreí.
—Qué bueno que lo menciona, señora Beatriz.
En ese momento sonó mi teléfono. Era mi tía Marta, hermana de mi mamá, enfermera jubilada de Veracruz. Tenía cita para una valoración cardiológica en Puebla y necesitaba quedarse una semana.
—Claro que sí, tía —respondí, mirando a Javier—. La recámara está lista.
Beatriz dejó el tenedor en el plato.
—¿Cuál recámara?
—La nuestra no —dije—. Pero aquí somos muy hospitalarios, ¿no?
Javier palideció.
Mi suegra me sostuvo la mirada con una expresión que prometía guerra.
Entonces aún no lo sabía, pero cuando descubrí su verdadero plan pensé lo único posible: no podía creer lo que estaba a punto de pasar…
