ntht/ Regresé por mi hijo después de trabajar 18 meses lejos y mi suegra me gritó que yo no había enviado ni un peso, mientras ella remendaba su ropa con su pensión. Me quedé helada, porque yo transfería la mitad de mi sueldo cada mes y mi esposo juraba que ese dinero llegaba a la casa

PARTE 3

Mariana siguió pasando páginas. No eran solo los depósitos de los últimos 18 meses. Había movimientos anteriores, pagos de tarjetas y dinero retirado de la cuenta familiar. En una hoja aparecía una frase:

“Si Mariana pregunta, decir que mamá pidió para Diego.”

—¿Usted le pedía dinero? —preguntó Mariana.

Teresa negó con la cabeza.

—Nunca.

—Entonces también la usaba a usted.

La suegra se llevó una mano al pecho.

En ese momento Diego regresó con un tenis en la mano.

—¿Están peleando?

Mariana cerró la libreta.

—No, mi amor. Solo estamos hablando.

Teresa miró al niño y vio el pantalón remendado, la camiseta corta y los tenis gastados. Recordó cada llamada de Luis diciendo que todavía no le pagaban y cada vez que ella había sacado 500 o 1,000 pesos de su pensión para ayudarlo.

Entonces recordó algo peor.

2 meses antes, Diego necesitó estudios por una infección. Teresa llamó a Luis.

—No tengo nada —le respondió él—. Si hace falta, vende la televisión. El niño es primero.

Teresa la vendió por 3,000 pesos.

Mariana revisó los movimientos que ya había descargado del banco. Ese mismo día, Luis había pagado una cena para 2 frente al mar.

Teresa dejó escapar un sollozo.

—Yo vendí mi televisión.

Mariana se sentó frente a ella.

—Sí.

—Y él estaba con esa mujer.

—Sí.

La suegra cerró los ojos.

—Yo te odié. Les dije a las vecinas que habías abandonado al niño. A veces no dejaba que Diego contestara tus llamadas porque Luis decía que tú ibas a llenarle la cabeza.

Mariana apretó las manos.

—Eso no lo sabía.

—También le dije a la maestra que eras inestable.

Mariana tardó unos segundos en responder.

—Eso estuvo muy mal.

—Lo sé.

Por primera vez Teresa no buscó excusa.

Mariana preguntó:

—¿Cuánto sabía de mis depósitos?

—Nada. Yo creía que no mandabas.

—Luis me enviaba fotos de recibos del supermercado.

Teresa levantó la cabeza.

—Yo guardo todos mis tickets.

Sacó una caja metálica de encima del refrigerador. Dentro había decenas de comprobantes.

Los montos no coincidían.

Luis había usado recibos ajenos para justificar el dinero.

En 18 meses, Mariana había enviado cerca de 180,000 pesos. Teresa, con su pensión, había pagado casi todos los gastos reales de Diego.

Las 2 mujeres habían financiado a Luis sin saberlo.

Una por culpa.

La otra por fe.

El teléfono de Mariana vibró.

“Si te llevas al niño, te vas a arrepentir. Mi mamá sabe perfectamente quién eres.”

Mariana mostró el mensaje.

Teresa lo leyó 2 veces y marcó a su hijo.

Luis contestó enseguida.

—¿Ya se fue?

—No.

—Pues sáquela, mamá. Y no le enseñes nada.

Teresa respiró hondo.

—¿Dónde estás?

—En Chihuahua.

—¿Hace frío?

—Muchísimo.

—¿Y Karla?

Silencio.

—¿Quién?

—La mujer por la que me hiciste vender la televisión de tu hijo.

Luis cambió de tono.

—Mamá, Mariana te está lavando el cerebro.

—¿La libreta azul también la escribió ella?

No hubo respuesta.

Teresa empezó a llorar.

—Dime la verdad. ¿Alguna vez estuviste en Chihuahua?

—Fui un tiempo.

—¿Cuánto?

—¿Qué importa?

Teresa cerró los ojos.

—Importa porque defendí tu mentira con mi vida.

—No exageres.

Aquella frase le dolió más que la confesión.

Teresa se secó las lágrimas.

—Y querías que mintiera ante el DIF.

—Solo para asustarla. Diego está mejor contigo.

—¿Mejor conmigo o más útil para ti? Mientras siguiera aquí, tenías una excusa para pedirnos dinero a las 2.

Luis empezó a gritar.

—¡Mariana es la que se fue! ¡Ella dejó a su hijo!

Mariana extendió la mano.

—Póngalo en altavoz.

Teresa lo hizo.

—Luis —dijo Mariana—, desde ahora todo lo relacionado con Diego será por escrito. Tengo tus mensajes, los depósitos y la libreta.

—Te voy a demandar.

—Hazlo.

—Voy a decir que lo abandonaste.

—Y yo voy a presentar mis contratos, comprobantes, llamadas y tus instrucciones para inventar que bebo.

Luis lanzó una maldición.

—Mamá, dile algo.

Teresa miró a Diego, sentado en el piso con su mochila de dinosaurios.

—Sí. Tengo algo que decir.

Luis esperó.

—No vuelvas a usarme para hacerle daño a tu hijo.

Y colgó.

Diego preguntó:

—¿Entonces sí me voy con mamá?

Teresa se llevó las manos a la cara.

Mariana pudo haberla humillado. No lo hizo.

—Diego se va conmigo hoy —dijo—. Pero no quiero borrarla de su vida.