—Debimos decir algo.
—Sí —respondió ella—. Debieron hacerlo.
Cuando la puerta se cerró, Mariana comenzó a recoger una servilleta. Alejandro se agachó primero.
—No. Tú ya hiciste suficiente.
Limpió el ponche, recogió los vidrios y cambió el mantel. No fue un acto heroico, sino el trabajo tardío de alguien que comenzaba a entender cuánto había dejado sobre los hombros de su esposa.
Después le llevó un vaso de agua.
—Sé que echarlas no arregla lo que permití.
—No.
—Dime qué necesitas.
Mariana respiró hondo.
—Límites reales. No discursos de una noche. Tu madre no tendrá llaves ni entrará sin avisar. No compartirás con ella nuestras decisiones. Iremos a terapia. Y si vuelves a dejarme sola frente a su maltrato, yo no seguiré en este matrimonio.
Alejandro recibió cada frase sin discutir.
