Alejandro cerró los ojos.
—Perdóname.
—No me pidas perdón todavía.
Mariana señaló la silla donde él había permanecido sentado.
—Cuando tu madre me insultó, callaste. Cuando me bloqueó con el tacón, callaste. Cuando tu hermana me ordenó café, callaste. Me defendiste cuando levantó la mano, pero yo necesitaba un esposo mucho antes de que apareciera ese golpe.
Alejandro bajó la cabeza.
—Tienes razón.
—No quiero que hoy seas un héroe por hacer lo mínimo. Quiero saber qué harás mañana, cuando ella llore, te llame desagradecido y diga que yo te alejé de tu familia.
—Ya está manipulándote —intervino Graciela.
Alejandro levantó la mirada.
—No, mamá. La única persona que me ha manipulado durante años eres tú.
La mujer quedó inmóvil.
—Me enseñaste que contradecirte era faltarte al respeto. Cada vez que ponía un límite, llorabas o decías que papá se avergonzaría de mí. Yo permití que Mariana pagara el precio de mi miedo.
Fuera de la casa estalló un cohete. Las luces del nacimiento parpadearon.
—Después de todo lo que hice por ti… —susurró Graciela.
—Te lo agradezco. Pero ser mi madre no te da derecho a destruir mi matrimonio.
Alejandro tomó la fuente de tamales y la llevó a la cocina.
—No voy a desperdiciar lo que Mariana preparó. Pero ustedes no van a comerlo.
Regresó, dejó las llaves del automóvil frente a su madre y señaló la puerta.
