Doña Graciela la vio y sonrió con desprecio.
—Ahí está. Siempre temblando, siempre haciéndose la víctima.
Mariana dio un paso, pero la punta de su zapato se atoró con el borde de la alfombra. La charola se inclinó. El café cayó sobre el mantel y salpicó la manga del abrigo de Graciela.
—¡Inútil! —gritó la mujer.
Mariana retrocedió hasta la pared.
Doña Graciela avanzó hacia ella y levantó la mano.
Mariana cerró los ojos.
Pero el golpe nunca llegó.
Alejandro sujetó la muñeca de su madre en el aire.
Y cuando habló, su voz ya no sonó como la de un hijo obediente.
—La vuelves a tocar y sales de mi vida para siempre.
Nadie respiró.
Lo que Alejandro iba a revelar después destruiría para siempre la imagen de la familia perfecta.
PARTE 3
Doña Graciela miró la mano de su hijo alrededor de su muñeca como si aquella fuera la peor traición de su vida.
—Suéltame. Soy tu madre.
Alejandro obedeció, pero no bajó la mirada.
—Y Mariana es mi esposa. La mujer a la que intentaste golpear dentro de su propia casa.
Graciela retrocedió, llevándose una mano al pecho.
—¿Vas a defenderla después de lo que hizo? Mira mi abrigo. Mira la mesa. Arruinó la cena.
Alejandro observó el comedor. Vio el mantel manchado, la porcelana rota y el rostro agotado de Mariana. Después miró los platillos que ella había preparado: romeritos, bacalao, tamales, ensalada de manzana y buñuelos. Su madre había criticado cada uno. Su hermana había repetido dos veces sin dar las gracias.
—La cena no la arruinó Mariana —dijo—. La arruinaste tú desde que cruzaste esa puerta.
