Daniel mostró otra captura.
—“Reserva una habitación discreta. Daniel cree que cenaré con mis compañeras.” ¿Eso también era una entrevista?
Doña Lucía se cubrió la boca. Don Ernesto se levantó de la silla y caminó hasta la ventana. Parecía envejecido de golpe.
—Yo te defendí siempre —dijo, sin volverse—. Cuando tu madre decía que gastabas demasiado, cuando Mariana advertía que tratabas a Daniel como si fuera tu chofer, yo decía que estabas aprendiendo. Y mientras tanto planeabas humillarlo en esta casa.
—No quería llegar tan lejos.
—Llegaste durante meses —respondió Daniel—. No fue un error. Fueron decisiones repetidas.
Sofía comenzó a llorar.
—Te amo.
Daniel sintió que esa frase, que antes le habría movido el mundo, ahora sonaba vacía.
—No amas a alguien a quien conviertes en una prueba. No amas a alguien cuyo dolor quieres grabar para divertirte con tus amigos.
Sofía se acercó.
—Podemos ir a terapia. Puedo bloquear a Sebastián. Puedo devolver el dinero.
—No se trata de recuperar dinero. Se trata de que nunca volveré a confiar en ti.
Sacó un último documento de la carpeta y lo puso frente a ella.
—Este es el aviso por escrito. Tienes treinta días para retirar tus cosas del departamento. El licenciado Salgado ya revisó el acuerdo. También está el estado de cuenta: dejé intacta la parte que corresponde a tus depósitos y retiré solo lo que puedo comprobar como mío.
Sofía leyó la primera página y levantó la vista, pálida.
—¿Me estás echando?
—Estoy terminando una relación que tú terminaste hace meses, aunque no tuviste el valor de decirlo.
—¿A dónde voy a ir?
Doña Lucía respondió antes que Daniel.
—Puedes quedarte unos días con nosotros, pero no vamos a fingir que eres la víctima.
