PARTE 3
—Ah, ya entendí. Ahora resulta que me tienes envidia porque mi página está creciendo.
Verónica soltó una exclamación incrédula.
—¿Envidia?
—Sí. Porque yo tuve el valor de hacer algo con lo que sé.
Karina casi se rio.
En otro momento habría discutido.
Aquella noche no.
—Mariana, llevo desde las 7 de la mañana preparando mi cumpleaños.
—Nadie te obligó.
—Exactamente.
Mariana frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nadie me obligó. Lo hice porque quería recibir bien a las personas que quiero. Mi mamá vino desde Puebla. Sergio estuvo ayudándome. Mi hija hizo sus fresas porque quería sorprenderme. Y tú llevas toda la noche buscando algo que señalar.
—Solo hice comentarios.
—Le dijiste a mi hija que todavía estaba a tiempo de aprender para no cocinar como yo.
—Era una broma.
Karina miró a Renata.
La niña seguía junto a su abuela.
—Ella tiene 8 años.
Por primera vez Mariana pareció incómoda.
—Bueno… si lo tomó mal, puedo explicárselo.
—No.
—Karina…
—No quiero que le expliques que humillar a alguien y después llamarlo broma vuelve aceptable lo que hiciste.
La habitación quedó completamente en silencio.
Hasta ese momento, doña Elvira no había intervenido.
Entonces habló.
—Tuve una hermana así.
Todos voltearon hacia ella.
Karina también.
Su madre rara vez hablaba de su familia frente a otras personas.
—Siempre encontraba una manera de hacer sentir pequeño al que tenía enfrente —continuó doña Elvira—. Si alguien se arreglaba, decía que estaba presumiendo. Si alguien cocinaba, encontraba un defecto. Si alguien conseguía un buen trabajo, decía que había tenido suerte.
Mariana apretó los labios.
—Con todo respeto, señora, no creo que usted me conozca.
—No necesito conocer toda tu vida para saber lo que vi hoy.
Karina sintió un nudo en la garganta.
Doña Elvira la miró.
—Y mi hija lleva demasiados años creyendo que guardar silencio es lo mismo que ser educada.
Aquellas palabras golpearon a Karina con una fuerza inesperada.
Porque eran ciertas.
Desde niña había aprendido a no incomodar.
A no discutir en reuniones.
A evitar problemas.
A pensar primero en cómo se sentirían los demás.
Cuando una compañera se aprovechaba de ella, callaba.
Cuando una cuñada hacía comentarios desagradables, cambiaba de tema.
Cuando Mariana criticaba algo, Karina se iba a la cocina a respirar.
Siempre había creído que eso era madurez.
De pronto entendió que algunas personas interpretan la paciencia como permiso.
Mariana tomó su bolsa.
—Perfecto. Si todos ya decidieron convertir esto en un tribunal, me voy.
Karina respiró profundamente.
—Sí.
Mariana se quedó quieta.
—¿Sí qué?
—Quiero que te vayas.
La reacción fue inmediata.
—¿Me estás corriendo?
—Sí.
—¿De tu cumpleaños?
—De mi casa.
Mariana abrió la boca.
Durante años siempre había tenido una respuesta preparada.
Esta vez no.
—Después de 10 años de amistad, ¿vas a echarme por decir que un pastel parece industrial?
—No.
Karina señaló suavemente el teléfono.
—Te estoy pidiendo que te vayas porque llevas años entrando a las casas de personas que supuestamente quieres, criticando lo que hacen, fotografiándolo y usándolo después para burlarte en internet.
Mariana miró a Verónica.
—¿Tú le metiste esas ideas?
—No necesitaba meterle nada —respondió ella—. Solo le enseñé lo que publicaste.
—Qué conveniente.
Laura finalmente habló.
—Yo dejé de invitarte por eso.
Mariana giró hacia ella.
—¿Qué?
—Desde mi cumpleaños.
Laura tragó saliva.
—Trabajé 5 horas en esas enchiladas porque era la receta de mi abuela. Tú dijiste delante de todos que parecían “tortillas ahogadas”. Luego vi la foto en tu página.
Mariana hizo un gesto de fastidio.
—Laura, ni siquiera se veía tu cara.
—No se trataba de mi cara.
La voz de Laura comenzó a temblar.
—Se trataba de que sabías lo que significaba esa receta para mí.
Verónica intervino.
—Y mi pastel lo hizo mi hermana.
Mariana desvió la mirada.
—No sabía.
—Nunca preguntaste.
Aquello parecía haber abierto una puerta.
Otro invitado recordó un comentario sobre una carne asada.
La hermana de Sergio mencionó cómo Mariana había criticado sus tamales en Navidad.
Nadie estaba gritando.
Eso era peor.
Porque Mariana ya no podía refugiarse en la idea de que Karina estaba teniendo un ataque emocional.
Eran demasiadas personas.
Demasiados recuerdos.
Demasiadas veces.
—Ya entendí —dijo finalmente Mariana—. Todos llevaban años hablando de mí a mis espaldas.
Karina negó lentamente.
—No. Ese es precisamente el problema. Nadie hablaba.
Mariana la miró.
—Todos callábamos para no hacerte sentir mal.
La frase pareció desconcertarla.
Karina continuó:
—Hicimos por ti lo mismo que tú nunca hiciste por nosotros.
Mariana sostuvo su mirada durante varios segundos.
Después se colgó la bolsa del hombro.
—Espero que algún día entiendas lo ridículo que estás haciendo.
Caminó hacia la puerta.
Antes de salir, volteó.
—Cuando se te pase el coraje, me llamas.
Karina sintió una última punzada.
La vieja Karina habría respondido que sí.
Habría dicho:
“Luego hablamos.”
Una frase abierta.
Una puerta entrecerrada.
Una forma de tranquilizar a Mariana incluso después de haber sido atacada.
Pero esa mujer ya no estaba sentada a la mesa.
—No voy a llamarte.
Mariana se quedó inmóvil.
Luego cerró la puerta.
Durante unos segundos nadie habló.
Karina escuchó el ascensor abrirse al final del pasillo.
Después desaparecer.
Sus piernas empezaron a temblar.
Sergio se acercó.
—¿Estás bien?
Ella asintió y luego negó.
—No sé.
Entonces Renata corrió hacia ella.
—Mamá.
Karina se agachó.
La niña la abrazó con fuerza.
—Tus fresas estaban buenísimas —le dijo Karina.
