ntht/ Mi mejor amiga se burló de la comida que preparé durante horas para mi propio cumpleaños y terminó humillando también a mi hija delante de todos. Fingí no escuchar sus críticas hasta que decidió fotografiar mi pastel para exhibirlo como “ejemplo de lo que no debe comprarse”.

PARTE 2

Karina acompañó a Renata hasta su habitación con el pretexto de ayudarla a guardar unos regalos.

—¿Mis fresas quedaron feas?

La pregunta la partió por dentro.

—No, mi amor. Estaban preciosas.

—Entonces, ¿por qué la tía Mariana se rio?

Karina tardó en responder.

Durante 7 años había encontrado excusas para Mariana.

“Así es ella.”

“No lo hace con mala intención.”

“Es muy directa.”

De pronto, aquellas explicaciones sonaban absurdas.

Cuando regresó al comedor, Verónica la esperaba junto a la cocina.

—Tengo que enseñarte algo.

Sacó su teléfono.

Mariana tenía desde hacía casi 2 años una página de cocina con miles de seguidores. Karina sabía de su existencia, pero rara vez la veía.

Verónica abrió varias publicaciones antiguas.

Una fotografía mostraba unas enchiladas acompañadas por el texto: “Cuando alguien piensa que bañar una tortilla en salsa significa saber cocinar”.

Karina reconoció el mantel.

Era de Laura.

Otra imagen mostraba un pastel ligeramente inclinado.

Era el cumpleaños de Verónica.

Después apareció una charola de albóndigas.

Karina sintió un escalofrío.

—Esas son mías.

—Las fotografió en tu casa el año pasado.

Mariana llevaba años convirtiendo las reuniones de sus amigas en contenido.

Nunca mencionaba nombres, pero se burlaba de los platillos, exageraba defectos y luego se presentaba como experta explicando cómo “corregirlos”.

—Laura descubrió lo suyo hace meses —dijo Verónica—. Por eso dejó de invitarla.

Karina recordó cuántas amistades de Mariana se habían ido alejando.

Mariana siempre decía que eran mujeres “demasiado sensibles”.

Ahora todo tenía sentido.

Sergio se acercó.

—Karina, si quieres que se vaya, yo la saco.

—No.

—¿No?

Karina miró hacia el comedor.

—Si tengo algo que decirle, lo voy a decir yo.

A las 9:30 llegó el pastel.

Era de pistache y frambuesa, encargado 3 semanas antes en una pequeña pastelería de la colonia Roma.

Los invitados aplaudieron.

Doña Elvira sonrió.

Renata corrió por las velas.

Y Mariana inclinó la cabeza.

—La cubierta se ve industrial.

Nadie respondió.

Ella probó un poco de crema con el dedo.

—Sí. Definitivamente. Seguro usan preparado.

Sacó su teléfono.

Karina sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.

—¿Qué haces?

—Una foto.

—¿Para qué?

Mariana sonrió.

—Para mi página. Estoy preparando una sección de errores comunes. Este pastel me sirve perfecto como ejemplo de lo que no se debe comprar para una fiesta.

Levantó el teléfono y apuntó directamente al pastel de cumpleaños.

Karina se puso de pie.

Y cuando Mariana vio su expresión, por primera vez en 10 años dejó de sonreír.

PARTE 3

—Baja el teléfono.

Karina no gritó.

No golpeó la mesa.

No hizo ninguna de las cosas que después Mariana aseguraría en el chat que había hecho.

Simplemente permaneció de pie, con las manos apoyadas sobre el respaldo de su silla.

Mariana parpadeó.

—¿Qué?

—Que bajes el teléfono.

—Ay, Karina, no exageres. Ni siquiera voy a poner tu nombre.

—Eso no te da derecho.

Mariana miró alrededor buscando complicidad.

Nadie se rio.

Verónica tenía los brazos cruzados.

Laura observaba el plato.

Sergio permanecía junto a su esposa.

Doña Elvira acariciaba lentamente la espalda de Renata.

—¿En serio van a hacer un drama por una foto? —preguntó Mariana.

Karina sintió algo extraño.

Durante años había imaginado el día en que finalmente enfrentaría a su amiga.

En su cabeza siempre había gritos.

Reclamos.

Tal vez lágrimas.

Pero ahora no sentía furia.

Sentía cansancio.

Un cansancio antiguo.

—No es por una fotografía.

—Entonces no entiendo.

—Claro que entiendes.

Karina tomó el teléfono de Verónica y colocó frente a Mariana la publicación de las enchiladas.

—La casa de Laura.

Deslizó la pantalla.

—El pastel de Verónica.

Otra imagen.

—Mis albóndigas.

Mariana palideció apenas.

—Son fotografías de comida.

—Son nuestras casas.

—Jamás puse nombres.

Laura levantó la cabeza.

—Pero te burlaste de nosotros.

—Estoy haciendo contenido culinario. Eso hace la gente en internet.

—La gente decente pide permiso —respondió Sergio.

Mariana soltó una risa nerviosa.

—Por favor. Parecen adolescentes. Si algo está mal cocinado, ¿qué quieren que diga? ¿Que está delicioso?

Karina la observó durante unos segundos.

Aquella era exactamente la mujer que había conocido durante 10 años.

Divertida cuando quería.

Generosa en algunos momentos.

La amiga que había ido al hospital cuando nació Renata.

La que conocía secretos que ni siquiera algunos familiares de Karina sabían.

Por eso había sido tan difícil admitir que también podía ser cruel.

Las personas no siempre son completamente buenas o completamente malas.

A veces alguien puede acompañarte durante años y, al mismo tiempo, acostumbrarse a lastimarte porque descubre que nunca habrá consecuencias.

—No te estoy pidiendo que mientas —dijo Karina—. Te estoy preguntando por qué necesitas humillar a alguien para sentir que sabes más.

La sonrisa desapareció del rostro de Mariana.