ntht/ Mi marido sabía que su madre estaba repartiendo mi ropa y aun así me miró a la cara para decir: “Son solo trapos, deja de hacerte la víctima”. Ese día entendí que no tenía un esposo, sino un cobarde pegado a las faldas de su madre. No dije una palabra

PARTE 2

No discutí más.

Eso fue lo que más desconcertó a Diego.

Me puse unos jeans, tomé mi bolsa y salí a cenar con Fernanda, mi mejor amiga. Habíamos quedado desde hacía días en un restaurante de la colonia Americana y, mientras ella hablaba, yo apenas podía probar la comida.

—¿Se lo regaló a una desconocida? —preguntó finalmente.

—A la hija de una señora que conoce de Chapala.

Fernanda dejó el tenedor.

—Mariana, eso no es compartir. Es disponer de lo ajeno.

Entonces le conté todo.

Las blusas desaparecidas. Los zapatos. Las veces que Teresa había abierto mi clóset sin permiso. Las discusiones. La ocasión en que puse un pequeño candado y Diego me obligó a quitarlo porque su madre dijo sentirse “tratada como una ladrona”.

Fernanda me observó durante varios segundos.

—¿Y tú cuánto has puesto en esa casa?

La pregunta me dejó en silencio.

Muchísimo.

Al volver aquella noche, Diego ya dormía. Busqué en mi correo las facturas de los muebles. Después abrí mis estados de cuenta.

Todo estaba ahí.

El sofá: mío.

La televisión: mía.

La mesa: mía.

La alfombra: mía.

Las cortinas, las lámparas y hasta el mueble auxiliar: pagados con mi tarjeta.

Mientras revisaba documentos, el celular de Diego, que estaba cargándose sobre el buró, se iluminó.

No pensaba tocarlo.

Hasta que vi el nombre de Teresa en la pantalla.

“Ya se le pasará. Gracias por decirme que podía darle el vestido.”

Sentí que se me helaban las manos.

Diego no solo sabía lo ocurrido.

Lo había autorizado.

A la mañana siguiente no mencioné el mensaje.

El sábado, Teresa y Diego se irían desde temprano a la casa de unos familiares cerca de Chapala para ayudarles con unas reparaciones. Yo dije que tenía migraña y prefería quedarme.

—No empieces otra vez con tus dramas —murmuró Teresa antes de salir.

Sonreí.

—No se preocupe. Hoy no voy a discutir con nadie.

Esperé hasta escuchar el automóvil alejarse.

Luego marqué un número.

—Buenos días —dije—. Necesito una mudanza hoy mismo. Una camioneta grande y tres personas.

Una hora después, los cargadores estaban en la puerta.

Señalé la sala.

—Todo esto se va.

El encargado parpadeó.

—¿Todo?

—Todo lo que está marcado en esta lista.

Mientras desmontaban la televisión y envolvían cuidadosamente el sofá, sentí por primera vez en años que podía respirar.

Pero todavía faltaba lo más importante.

Entré a la habitación, abrí mi clóset y comencé a empacar.

Esa tarde, cuando Teresa y Diego regresaran, encontrarían la casa exactamente como era antes de que yo llegara.

Y sobre la mesa de la cocina los estaría esperando una sola nota.

 

A las cinco de la tarde ya no quedaba prácticamente nada mío en aquella casa.

Los cargadores habían desmontado el sofá con cuidado, protegido la televisión con cartón y plástico, enrollado la alfombra y guardado la mesa de centro entre mantas gruesas.

Después retiraron las cortinas que yo había mandado hacer a la medida.

También me llevé las dos lámparas de piso, los cuadros que había comprado en Tlaquepaque, las macetas decorativas y una consola estrecha que Teresa presumía cada vez que recibía visitas.

No toqué nada que no fuera mío.

Ni una silla.

Ni un vaso.

Ni un adorno comprado por ella.

Tenía facturas, fotografías y estados de cuenta de cada cosa que estaba retirando.

Cuando los hombres terminaron, me quedé parada en medio de aquella sala y apenas la reconocí.

Antes de que Diego y yo llegáramos, Teresa tenía un sofá viejo color café, una televisión pequeña y un mueble enorme de madera que llevaba décadas en la familia.

El sofá viejo había terminado meses atrás en casa de una de sus hermanas.

La televisión se la había regalado Teresa a un sobrino porque, según ella, “ya teníamos una mejor”.

Ahora solo quedaban el mueble antiguo, dos sillas del comedor que habían arrastrado hacia la sala durante la mudanza y una pared clara donde podía verse el rectángulo más limpio que había dejado la pantalla.

Parecía otra casa.

O, mejor dicho, volvía a parecer la casa que era antes de que mi dinero la transformara.

Subí a la recámara.

Guardé mi ropa, mis zapatos, mis documentos, mis cosméticos y hasta mis libros.

Por primera vez no dejé ni una liga para el cabello.

Sobre la cama quedó únicamente una almohada de Diego.

Había rentado un departamento dos días antes, después de hablar con Fernanda. No era enorme, pero tenía mucha luz, dos habitaciones y un pequeño balcón desde donde se veían las copas de los árboles.

La renta podía pagarla perfectamente.

Lo que más me gustaba era algo que ninguna inmobiliaria anunciaba:

allí nadie tendría derecho a abrir mi clóset.

Antes de salir dejé mis llaves sobre la mesa de la cocina.

Junto a ellas puse una hoja.

Escribí:

“Son solamente cosas. Yo puedo comprar otras. Ustedes también.”

Después añadí:

“Diego, el lunes hablaré con un abogado.”

No necesitaba escribir nada más.

Mi teléfono comenzó a sonar cuando los cargadores apenas terminaban de acomodar el sofá en mi nuevo departamento.

Diego.

Lo dejé sonar.

Otra llamada.

Luego Teresa.

Después otra vez Diego.

En menos de diez minutos tenía diecisiete llamadas perdidas.

Llegaron los mensajes.

“¿DÓNDE ESTÁS?”

“¿QUÉ HICISTE?”

“¿DÓNDE ESTÁ LA TELEVISIÓN?”

“MI MAMÁ ESTÁ MAL.”

“MARÍANA, CONTESTA AHORA MISMO.”

Finalmente acepté la llamada.

—¿Qué demonios hiciste? —gritó Diego.

Alejé el celular de mi oído.

Al fondo escuchaba la voz de Teresa.

—¡Nos robó! ¡Dile que voy a llamar a la policía!

—Llámala —respondí.

Hubo un silencio.

—¿Qué?

—Que llamen a la policía si quieren. Tengo las facturas de todo. El sofá lo pagué yo. La televisión también. La alfombra, las cortinas, la mesa, las lámparas… todo.

—¡Pero estaban en casa de mi mamá!

—Mis vestidos también estaban en casa de tu mamá.