PARTE 3
Diego bajó la voz.
—Mariana, no compares.
—¿Por qué no?
—Porque esos muebles los usamos todos.
Me reí.
No pude evitarlo.
—Exactamente. Y mi ropa aparentemente también la usaban todos.
—Estás actuando como una niña.
—No, Diego. Una niña habría hecho un berrinche. Yo hice una mudanza.
Entonces Teresa tomó el teléfono.
—¡Desagradecida! —gritó—. Después de todo lo que hice por ti.
—¿Qué hizo por mí, Teresa?
—¡Te abrí las puertas de mi casa!
—Y yo contribuí con gastos durante años.
—Eso era lo mínimo.
Ahí estaba.
La frase que explicaba todo.
Lo mínimo.
Mi dinero era “lo mínimo”.
Mis muebles eran para todos.
Mi ropa podía regalarse.
Mi privacidad era una ofensa.
Pero cualquier límite que yo intentara poner era egoísmo.
—Quiero mi sala de vuelta mañana —ordenó Teresa.
—No.
—¿Cómo que no?
—No es su sala.
Escuché un jadeo indignado.
—¡Lleva tres años aquí!
—Y mi vestido llevaba cuatro años conmigo. Eso no lo convirtió en suyo.
Diego recuperó el teléfono.
—Ya estuvo, Mariana. Regresa las cosas y hablamos.
—No voy a regresar.
—¿Esta noche?
—Nunca.
El silencio al otro lado fue tan profundo que por primera vez tuve la sensación de que Diego comenzaba a entender.
—¿Qué estás diciendo?
—Que me fui.
—No puedes terminar un matrimonio por un vestido.
—No estoy terminando nuestro matrimonio por un vestido.
Respiré.
—Lo termino porque permitiste durante años que tu madre me faltara al respeto. Porque cada vez que reclamé, me hiciste sentir culpable. Porque sabías que regalaría ese vestido y le diste permiso para disponer de algo que ni siquiera era tuyo.
Diego tardó en contestar.
—¿Revisaste mi teléfono?
—El mensaje apareció en la pantalla.
Otra pausa.
—Mamá me preguntó y yo pensé que no te importaría tanto.
—Eso es exactamente lo que pasa contigo, Diego. Nunca piensas que algo me importará mientras quien salga beneficiada sea tu mamá.
—No seas injusta.
—¿Injusta?
Me senté en mi sofá.
Mi sofá.
En mi sala.
En mi casa nueva.
—Durante tres años vi desaparecer mis cosas. ¿Recuerdas los zapatos negros?
—Mariana…
—Tu mamá se los dio a Daniela.
—Eran unos zapatos.
—¿La bolsa azul?
—No sé.
—A tu tía Patricia. ¿La mascada de seda que me regaló mi papá?
Diego no respondió.
—Tu mamá dijo que la había prestado. Nunca volvió.
—Te compraré otra.
Esa frase me hizo cerrar los ojos.
—No entiendes nada.
—Entonces explícame qué quieres.
—Respeto.
—Te respeto.
—Una persona que te respeta no decide qué cosas tuyas puedes perder.
Diego intentó negociar.
Primero prometió recuperar el vestido.
Después aseguró que hablaría seriamente con Teresa.
Luego dijo que podríamos buscar departamento inmediatamente.
Finalmente, cuando notó que nada funcionaba, comenzó a acusarme.
Que yo estaba destruyendo la familia.
Que estaba reaccionando impulsivamente.
Que seguramente Fernanda me había llenado la cabeza de ideas.
Que ningún matrimonio perfecto existía.
Lo escuché durante varios minutos.
—Diego, mañana te enviaré los datos de la abogada.
—Mariana, por favor.
—Adiós.
Colgué.
Aquella noche dormí mejor que en meses.
El lunes, sin embargo, empezó la verdadera guerra.
Teresa escribió en el grupo familiar:
“Hay personas que llegan a una familia fingiendo amor y después muestran quiénes son cuando se llevan hasta los muebles de una mujer mayor.”
No mencionó que los muebles los había pagado yo.
Dos tías de Diego comenzaron a escribirme.
Una me llamó interesada.
Otra dijo que “una buena esposa sabe ceder”.
Un primo aseguró que jamás se lleva uno cosas de la casa familiar.
Yo no respondí.
Hasta que Teresa publicó una fotografía de la sala vacía y escribió:
“Así nos dejó.”
Entonces envié una sola captura al grupo.
Era la factura del sofá.
A mi nombre.
Después la de la televisión.
La mesa.
La alfombra.
Las cortinas.
Y finalmente escribí:
“Si quieren contar la historia, cuéntenla completa.”
Nadie respondió durante casi una hora.
Luego una prima de Diego abandonó el grupo.
Otra escribió:
“Pues si ella los pagó…”
Teresa eliminó la conversación.
Creí que ahí terminaría todo.
Me equivocaba.
Tres días después recibí un mensaje de un número desconocido.
Era Claudia, la muchacha que iba a casarse y había recibido mi vestido.
